22 de diciembre 2010 - 00:00

¿Seguirá hablando Videla?

¿Seguirá hablando Jorge Videla? La revelación ayer en el alegato del juicio que le siguen en Córdoba por atrocidades cometidas en la represión clandestina de las guerrillas sobre un pedido de Ricardo Balbín en 1976 de que diera un golpe de Estado es una de las novedades más importantes en este debate abierto desde 1983 sobre las responsabilidades de los militares. No por el contenido del cuento, que algunos dirán no es nuevo, sino porque Videla contó algo de lo tanto que sabe. El silencio de los responsables de estos hechos ha producido un daño altísimo al país; la falta de una narración por parte de quienes actuaron de un lado o del otro le ha quitado al país el beneficio de una historia, de un relato que es la forma más atávica de exorcizar el miedo por lo de ayer y por lo que pueda pasar. Es, además, el relato la forma que reconcilia al hombre con el rasgo esencial, que es la temporalidad.

Efectivamente, el ex general Videla cenó en aquel tiempo con Balbín en la casa de Lomas de Zamora de un amigo común, el dirigente unionista Alberto Garona, y ese diálogo transcurrió, según testigos, de la manera como lo recuerda Videla. Que un convicto por delitos de lesa humanidad revele los dichos de un muerto que no puede responder le pone morbo al cuento y, de alguna manera, descalifica a quien tiene memoria a destiempo y como último recurso justo cuando tiene que defenderse.

Los militares y otros acusados de atrocidades han mantenido un mutismo que los ha hecho víctimas del reproche de que actuaron bajo códigos de silencio mafioso. No han contado mucho más los jefes insurgentes, que cometieron atrocidades que no les han costado enjuiciamiento porque no actuaron desde el Estado. Esa omertá que se quebró con el cuento de ayer de Videla la tienen que continuar otros habitantes del túnel del tiempo.

Aquí lo que dijo Videla, quien hoy escuchará sentencia junto a otros ex militares en Córdoba: 

  • «Unos 45 días antes del 24 de marzo de 1976 cené con Balbín en la casa de un amigo en común y me pidió entonces: Hagan ya un golpe».

  • Balbín le dijo que «no pretendiera el aplauso», pero le garantizó que el radicalismo «tampoco sembraría piedras en el camino».

    El presidente de la UCR, Ernesto Sanz, respondió que «no puede manchar la honorabilidad de Balbín, no tiene límites. Don Ricardo hacía un grito desesperado a todas las fuerzas políticas, pero con especial atención al propio peronismo, para que dejaran de lado las peleas internas para sostener un Gobierno democrático que estaba a ocho meses de un proceso eleccionario. La historia -agregó- marca que el respaldo de Ricardo Balbín a la entonces presidenta Isabel Perón fue quizás el único que le quedó después de las peleas que había dentro del peronismo. Hasta el último minuto estuvo dispuesto a dar una mano».
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