Sin antimarcha, los K esperan que se repita efecto Blumberg

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El formato «cacerola», el armado oficial y las efemérides kirchneristas. Tácticas de respuesta

A mitad de semana, cuando la marcha anti-K del jueves aparecía en el radar oficial como una protesta menor, la mesa de Unidos y Organizados, la megaorganización cristinista que coordina La Cámpora, sólo bajó un mandato: no salir a disputar el control de la calle.

Antes del cacerolazo, los caciques ultra-K pactaron que si la movilización adquiría volumen -como finalmente ocurrió-, debían evitar reaccionar. Lo contrario a lo que se hizo el 26 de marzo de 2008, cuando agrupaciones K «corrieron» a caceroleros de Plaza de Mayo.

Aquella noche, en plena batalla con el campo, columnas del Movimiento Evita de Emilio Pérsico, el FTV de Luis DElía y La Cámpora, por entonces una agrupación germinal, forcejearon con caceroleros en Avenida de Mayo. Hubo pedradas, corridas y heridos.

En los incidentes, Andrés «Cuervo» Larroque -en esos días edecán y mano derecha de José Ottavis- terminó con un corte en la frente y DElía protagonizó un episodio que lo llevó a la Justicia. A la medianoche, según la épica K, se «recuperó» la Plaza.

Durante la guerra gaucha, Néstor Kirchner ensayó una táctica diferente a la que había digitado cuatro años antes cuando, explosiva y viral, lo desacomodó una protesta contra la inseguridad encabezada por Juan Carlos Blumberg: pulsear por el dominio callejero.

Con Blumberg, además de desplegar un operativo reservado de contención -el diputado y ahora embajador en Uruguay Dante Dovena fue el enlace-, Kirchner prefirió el repliegue incluso cuando, en los últimos estertores, la protesta se mudó de Tribunales a Plaza de Mayo.

El giro fue inevitable: pasó de ser un reclamo a la Justicia y el Congreso a una demanda puntual al Gobierno. En el tránsito, la capacidad de movilización de Blumberg se desinfló de las 150 o 200 mil personas de la primera marcha a modestísimos 8 mil.

El último fotograma del fenómeno Blumberg registra los 88.180 votos que logró como candidato a gobernador bonaerense en 2007. En el medio, lo contaminó el affaire del ingeniero que no era.

Antes, luego de pulsear con Eduardo Duhalde, el patagónico auspició su «Plaza del Sí». La armó el 25 de mayo de 2006 a 3 años de su jura presidencial y tuvo el propósito de demostrar que era, luego de su triunfo en la provincia, el jefe indiscutido del PJ.

En 2008, en la porfía por la 125, Kirchner entendió que el mecanismo para confrontar con el «campo» era el que eligieron sus rivales e incentivó la táctica de marcha vs. marcha. Por eso mandó ganarle la plaza a los caceroleros y saturó, luego, con varios actos masivos.

El último show fue en la Plaza de los Dos Congresos, horas antes del voto no positivo de Julio Cobos. A la misma hora, en Palermo, la Mesa de Enlace hacía su propio despliegue. La saga chacarera arrastró a Kirchner a la derrota electoral en junio de 2009.

Ambas experiencias aparecieron, durante el fin de semana, en la mesa de arena del kirchnerismo. Se impuso el criterio de no pulsear en la calle. El plan -o el deseo hecho plan- es que, como ocurrió con Blumberg, la protesta se licue con el tiempo y se desperfile cuando aparezcan «figuras» políticas que se quieran apropiar de ese malestar.

Por esa razón, en Casa Rosada y en la galaxia de Unidos y Organizados -sus jerarcas se vieron el viernes en FOETRA para recordar el acto del 14 de septiembre de 2010 en el Luna- avisan que no habrá «contramarcha».

Barrida la horajasca del impacto inicial y filtrado el poema del ninguneo que con nula destreza recitó Juan Manuel Abal Medina, se aceptó como regla general que convocar a una marcha K sería contraproducente porque le daría entidad a la protesta y, además, la incentivaría para próximos turnos.

De hecho, el viernes comenzó a circular una convocatoria para el 28 de septiembre. Ocurrió casi en simultáneo a que trascendiese que se evaluaba convertir el homenaje a dos años de la muerte de Kirchner en una mega movilización de respaldo a Cristina.

Desde hace semanas se programa una saga de shows y actividades para el 27 de octubre. Forma parte de una estrategia K de construir su propio menú de efemérides: por un lado el 27 de abril, día de la elección en que Kirchner quedó segundo en 2003; por otro, el 27 de octubre, día de la muerte del ex presidente.

El viernes, en FOETRA, se alimentó algo parecido: convocado por La Cámpora Secundarios y la UES se buscó incluir en el listado de fechas kirchneristas el acto que el patagónico, recién operado, compartiese con el neocamporismo en el Luna Park. «El reencuentro con la juventud» reza la mística K.

Hay otra cruz marcada en el almanaque oficial. Para el 17 de noviembre, Día del Militante peronista, se prepara la avant première de la película sobre Kirchner, que comenzó a dirigir Adrián Caetano y terminó Paula De Luque, cuya banda de sonido compuso Gustavo Santaolalla.

Todos esos eventos quedaron, el fin de semana, bajo revisión. El año pasado, además del viaje de Cristina de Kirchner y un reducido grupo de dirigentes al mausoleo de Río Gallegos, se montó un ciclo de recitales en Plaza de Mayo a modo de homenaje al expresidente.

Ese encuentro es el que circuló como «excusa» para la antimarcha K. Podría, con los días, desactivarse o reconfigurarse en una secuela de pequeños actos.

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