3 de abril 2009 - 00:00

Sin violencia, hasta cuando el público quebró las vallas

Una multitud salió a la calle para despedir a Raúl Alfonsín, con banderas y flores. También se manifestó desde los balcones de los edificios ubicados en Callao, por donde desfiló el cortejo.
Una multitud salió a la calle para despedir a Raúl Alfonsín, con banderas y flores. También se manifestó desde los balcones de los edificios ubicados en Callao, por donde desfiló el cortejo.
 «Nunca tan a lugar la frase: 'Un médico a la derecha'», exclamó uno de los asistentes al entierro de Raúl Alfonsín, en medio de los forcejeos para poder entrar al Cementerio de la Recoleta. Lo que había sido hasta ese momento una tarde pacífica y de duelo se convirtió en un tira y afloja sin saber siquiera bien con quién. La cuestión era simple: el cajón tenía que pasar y no había lugar. La gente tampoco se podía mover porque estaba todo vallado. En conclusión: a empujar. Porque lo más llamativo de todos los sacudones que se vivieron ayer frente al Cementerio de la Recoleta fue que las personas que se habían acercado hasta ahí no estaban intentando «colarse», sino que la columna que acompañaba el féretro ya era excesiva cuando salió de Callao.
***
Hasta ese momento, todo había sido tranquilidad. Miles de personas de todas las edades se habían acercado con cámaras de fotos y filmadoras para registrar el momento. Esperaban tranquilamente detrás del vallado y, a pesar del prácticamente nulo personal policial, no había ningún conflicto en vista. Todos apostados en su lugar gritando: «¡Viva Raúl!» o «¡Fuiste el único presidente digno!». Y más de una imagen sorpresiva, como la de la gran cantidad de adolescentes sinceramente conmovidos hasta el llanto. O el fervor súbito de los asistentes por Ricardo Alfonsín, que se acercaba a los costados del vallado para recibir abrazos y besos.
***
El caos empezó a medida que la columna se acercaba a las puertas del cementerio. El masivo cortejo no sabía para dónde caminar, unos oficiales trababan la entrada, los que acompañaban la cureña gritaban a los de adelante que se corrieran al costado, y quienes estaban del otro lado intentaban evitar que tiraran las vallas. En el medio, nenes de cinco años que habían acompañado a sus papás, octogenarios a los que les faltaba el aire, militantes enojados que ordenaban a voz en cuello: «Armen un cordón», y hasta ex funcionarios de Gobierno, como el ex aliancista Alberto Flamarique, vociferando que dejaran pasar a la gente.
Cada movimiento generaba una nueva ola expansiva de empujones y pisotones: dejar pasar al féretro, ubicarlo frente a la puerta del cementerio, bajarlo de la cureña. Algo se quebró en ese desbande de la comitiva. No sólo el típico civismo con el que son descriptos los radicales (en este caso, algunos estuvieron más cercanos a los revolucionarios de sus inicios, a fines del siglo XIX), sino también de la solemnidad y la emotividad del acontecimiento. La entrada al cementerio fue un nuevo capítulo de lo mismo, con la novedad de los peligros de avalancha, porque había que subir dos escalones.
***
Una vez adentro (y cerrada la puerta de la Recoleta a la fuerza y en medio de las quejas de los que se habían quedado afuera), un Ricardo Alfonsín transpirado sacudía la cabeza y hablaba con los demás para ver cómo seguir. La mitad del cortejo (entre ellos, el vicepresidente, Julio Cobos, y el titular de la UCR, Gerardo Morales) se había quedado afuera.
Al costado, los granaderos agotados se recostaban sobre la pared, fumaban y charlaban. Los que estaban adentro comentaban: «Qué falta de respeto», como si ellos no hubiesen entrado por la misma puerta. Finalmente, hubo un pedido encarecido de Ricardo, y otro no tanto de Enrique Nosiglia (manejó la Policía Federal, y sigue teniendo mando entre los uniformados y los de civil), a la gente para que dejara pasar a los que se habían quedado afuera. Una vez que estuvo todo el radicalismo unido alrededor del cajón del ex presidente, la ceremonia de entierro pudo comenzar. Tampoco se perdieron tanto los que se quedaron del lado de afuera de la puerta, ya que se trasmitió todo (había un hombre vestido de anaranjado en una grúa que filmaba todo desde el aire), y hasta asistieron involuntariamente a otro acto, porque durante la mitad del entierro se escucharon las bombas de estruendo y los discursos de una manifestación por los caídos en la Guerra de Malvinas a la vuelta de la esquina, en la Embajada de Inglaterra.

Dejá tu comentario