“Slumdogs”: cómo es la villa más más grande de Asia (versión real)

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Bombay - Dos kilómetros cuadrados y medio. Un millón de personas. Dharavi es, ante todo, una ecuación matemática imposible. No. Dharavi son muchas ecuaciones imposibles. Una canilla de agua corriente por cada 100 habitantes; 15.000 pequeñas fábricas en el espacio de un campo de fútbol; 30.000 talleres viviendo, literalmente, de la basura. ¿Quién lucharía por quedarse a vivir en un lugar así? El mismo millón de personas, ahora amenazadas con la expulsión.
Los habitantes de la villa de emergencia más grande de Asia no se ven reflejados en el lugar deprimente y marginal que describe la gran vencedora de los Oscar, «Slumdog Millionaire». Días atrás los vecinos abandonaron sus casas de cartón y chapa para protestar contra la película al grito de: «Nuestro barrio es un lugar digno».
Les dolía especialmente el título: ese Slumdog o perro de villa con el que se describe a quienes habitan este infinito océano de humanidad en el centro de Bombay. Pero, ¿cómo es realmente la vida en el lugar que inspiró la historia de pobreza y superación que está conquistando el mundo?
Apenas amaneció y la familia Sumanakshar ya se puso de pie. Son 15 y viven en una única habitación sin baño de unos 45 metros cuadrados. Que todo Dharavi también se puso en marcha es algo que se puede escuchar. Los vendedores de pequeños puestos callejeros ofrecen pescados ocultos bajo enjambres de moscas, los portadores empujan ruidosos carros calle abajo y algunos niños cantan mientras caminan al colegio. Dharavi es destino de supervivientes. Desahuciados, intocables, musulmanes, tamiles, bengalíes y todos los demás representantes de la India diversa y olvidada que escaparon del hambre, la pobreza o las inundaciones en las que lo perdieron todo. El lugar fue hasta fines del siglo XIX un pantanal habitado por pescadores koli que fueron forzados a marcharse cuando la contaminación de las aguas terminó con su forma de vida. Su lugar lo ocuparon todas estas personas atraídas por el sueño de grandes oportunidades que es Bombay, el Hollywood indio.
Muchos de los negocios y talleres fueron heredados de generación en generación; las chozas mejoradas con los beneficios; los niños enviados al colegio cuando fue posible. El ambiente de comunidad que emana de Dharavi logró atrapar a sus habitantes. Para muchos, es el lugar donde nacieron, donde están sus amigos y sus recuerdos. Es su hogar. Las ratas, la suciedad y la falta de servicios han ido tolerándose en una extraña normalización de la pobreza.
La barriada está bordeada por un canal fétido y maloliente cuyas aguas son dañinas no ya al consumo, sino al tacto. Las calles que fueron formando las casillas, sin embargo, se mantienen limpias y los vecinos lograron instalar cierta dignidad en medio de la inmundicia.
Un pequeño cine, improvisado en la avenida principal con un viejo televisor, anuncia con carteles fotocopiados los estrenos de Bollywood. Peluquerías compuestas por una silla y un espejo, instaladas en mitad de la calle, ofrecen cortes de pelo. Hombres ennegrecidos por la suciedad y mujeres que mantienen sus saríes impolutamente limpios hurgan en la basura de pequeños sótanos oscuros, tratando de separar la basura de la basura. Hay prostitutas, matones, policías corruptos y prestamistas sin corazón, mecánicos de casi todo y niños sin ropa, pero también tipos que llegan a su casa con traje y corbata tras un día en la oficina.
Precisamente porque Dharavi es supervivencia, sus habitantes se encuentran en pie de guerra. El escenario de «Slumdog Millionaire», del que su joven protagonista sueña con escapar ganando una fortuna en un concurso televisivo, tiene los días contados. Bombay quiere transformarse en una ciudad limpia y moderna. Será la «Nueva York del Este», dicen las autoridades.
La barriada está situada en uno de los suelos más caros del mundo, gracias a su posición estratégica en el centro de la capital financiera de la India. La operación de transformar Dharavi en una ciudad financiera y barrio de lujo podría producir 10.000 millones de euros de beneficio para sus promotores. Sólo hay un problema. Bueno, un millón de problemas.
La oferta para los habitantes de Dharavi es sencilla: deja que tumbemos tu choza y a cambio te daremos un modesto piso, con el lujo de un inodoro y agua corriente. Pero sus residentes no quieren el piso, porque sus chozas hacen a la vez de taller durante el día y, por lo tanto, son la única forma de vida. Quienes aceptaron la propuesta no se adaptan del todo a la nueva vida. Los porteros de los bloques de departamentos exigen pequeños sobornos por mantener la luz o el agua funcionando.
Los recibos se acumulan. ¿Y los baños? No hay quejas: es bueno no tener que compartir uno con un millar de personas, una de esas ecuaciones imposibles -y malolientes- de Dharavi.
El Gobierno encontró ya a 19 grandes constructores, multimillonarios, interesados en tomar un pedazo de Dharavi y convertirlo en un barrio de ricos. «Su intención no es mejorar la vida de la gente. Se trata de hacer dinero a través de la venta del suelo», asegura Jockin Arputham, presidente de la Federación Nacional de Residentes de Villas.
Al caer el atardecer, un grupo de niños suben a uno de los puentes de la vía del tren que pasa junto a Dharavi. Han improvisado plásticos e hilo para fabricar cometas que hacen volar sobre las casas en las que crecieron. Un cartel publicita sobre el puente la venta de los futuros departamentos de lujo en los que los compradores podrán «vivir en un oasis de felicidad». Algunos, aunque cueste creerlo, lo encontraron aquí, en la ecuación matemática imposible que es Dharavi.

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