Sobornos: andanada de acusados ahora contra el juez y el fiscal

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Los abogados de Mario Pontaquarto vivieron ayer una jornada amena en el juicio oral por los supuestos sobornos en el Senado: por primera vez las principales críticas de los acusados dejaron de lado a su representado y se centraron en el fiscal Federico Delgado y en el juez Daniel Rafecas, ambos a cargo de la instrucción de la causa. La más contundente fue la del exministro Alberto Flamarique: «El juez es peligroso para el país y el fiscal, un delirante».

También se sentaron en el estrado los exsenadores Alberto Tell, Remo Constanzo y Ricardo Branda. Al igual que Alasino la semana pasada, hablaron de política y aportaron poco a su defensa dentro del proceso, salvo Branda, que aportó un eslogan llamativo. Detalle: hace días que el arrepentido abandonó el juicio y nadie sabe cuándo volverá a aparecer.

El primero en declarar ante el Tribunal Oral Federal Número 3 fue Tell. De traje gris, el exsenador habló con voz pausada y expresión ausente. «Lo que le está haciendo ahora (Hugo) Moyano al Gobierno es lo mismo que le hizo a Fernando de la Rúa cuando fue presidente», comentó al enumerar distintas acciones desestabilizantes que habría padecido el exmandatario. Con una sala casi sin público y múltiples murmullos entre la concurrencia, llegó la primera crítica contra Rafecas. «Fue un desconsiderado; me citó a indagatoria, tuve que viajar y pretendía que me indague su secretaria», arremetió el exsenador peronista.

Tertulias

Casi no hubo preguntas de las partes. Los abogados defensores estuvieron dispersos y organizaron diversas tertulias en los pasillos de los tribunales de Retiro. Allí aprovecharon para quejarse de las preguntas de la fiscal Sabrina Namer. Entienden que ninguna tiene sustento sobre el expediente y que todas son de connotación política. Insisten, además, en el rol que habría tenido el dirigente exradical Daniel Bravo en la denuncia por los supuestos sobornos, especialmente por su cercanía a Alberto Fernández, el primer dirigente a quien Pontaquarto le contó sus intenciones de impulsar una denuncia.

En su turno, Constanzo también embistió contra el juez Rafecas: «En el requerimiento de elevación a juicio me tildó de avaro sólo porque hice una llamada del teléfono de un amigo (el exsenador Emilio Cantarero); me pareció una falta de respeto». El exsenador recordó la reunión en el Congreso en la cual el exvicepresidente Carlos Chacho Álvarez habló sobre el anónimo que circulaba en ese entonces con información sobre las supuestas coimas. «Lo contó con gran entusiasmo y me dijo que mi nombre aparecía en el anónimo. Yo le recordé la conducta de un viejo senador, muy culto, quien siempre decía que esas cosas, apenas llegaban, había que romperlas y no darles importancia», comentó. Cerró con críticas para con el fiscal Delgado: «No se preocupó en indagar e hizo un trabajo lamentable».

Una de las curiosidades que ofrece el proceso por estos días es el aire ausente del abogado de Pontaquarto, Hugo Wortman Jofre. No toma notas ni escucha atentamente a los acusados y en el momento oportuno para indagar o retrucar teorías contra su cliente guarda silencio y se concentra en un viejo libro de derecho que siempre tiene a mano. Una rareza en una sala donde abundan computadoras portátiles.

Rol marginal

Por su parte, Branda habló con tono compungido y pidió al tribunal «vivir una vida normal». Recordó que su rol en la aprobación de la ley de reforma laboral fue marginal y expuso un gráfico donde mostraba las llamadas telefónicas en las cuales el juez se basaba para las imputaciones. «Si uno presta atención se ve que hay una llamada que me hice a mí mismo, que fue una comunicación que realicé desde la calle a mi casa, o sea que Branda llamó a Branda», ironizó el exsenador y exdirector del Banco Central.

A media tarde llegó el turno de Alberto Flamarique, sin lugar a dudas el acusado que marca la diferencia desde lo estético: sus trajes no son uniformes, está bronceado y tiene el pelo largo, casi por la mitad de la espalda, recogido de un coqueto «ponytail».

«He guardado silencio por 12 años, así que si se me escapa la tortuga les pido me disculpen», expresó en lo que sería un alegato de tono emocional, con momentos de amargura, furia e ironías bien marcadas. Gritó y golpeó los puños contra el escritorio, recordó su juventud (según dijo conmocionada por la Revolución Cubana y el Mayo Francés) y sostuvo que tanto Rafecas como Delgado tienen «mentes enfermas y dicotómicas». Sobre Pontaquarto dijo que es «un delincuente condenado que hace tiempo no aparece por la sala».

Recordó reuniones de gabinete en Balcarce 50, habló de su rivalidad con Rodolfo Terragno y aseguró que la reforma laboral no fue un pedido del FMI, sino que estaba en la plataforma de campaña de la Alianza. Con rostro crispado y voz quebrada, miró al tribunal y sentenció: «Como ministro aprendí que en política uno desayuna sapos, almuerza sapos y tiene de postre a la noche más sapos».

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