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Suárez Marzal: la magia, De Filippo y el hinduismo
Daniel Suárez Marzal: «Descubrí ‘La gran magia’ en el Piccolo Teatro de Milán, en 1987, y desde entonces vine insistiendo en que la conozca el público argentino».
«Tengo con esta obra una especie de fetichismo», explica Suárez Marzal, «la vi en el teatro Piccolo de Milán, en 1987, dirigida por Giorgio Strehler. Y fue tan grande el impacto que de inmediato lo llamé a Kive Staiff: He visto la mejor obra del siglo XX. Tenemos que hacerla, le dije. Pero el proyecto no prosperó, hasta que el año pasado volví a verla en la Comédie Française. Ya son demasiados llamados del destino, me dije y esta vez logré que Kive la programara».
«La gran magia» se exhibirá a partir de hoy en el Teatro Presidente Alvear con un elenco encabezado por Víctor Laplace, Gustavo Garzón, Karina K y Sandra Ballesteros.
Periodista: ¿Qué encontró en esta obra?
Daniel Suárez Marzal: Lo que más me maravilló es su fuerte relación con el hinduismo, un tema que a mí me apasiona desde que visité la India. El número cuatro aparece varias veces durante la obra; se incluye una cita del «Bhagavad-Gita», el libro sagrado hindú: «Brahma (dios) no cree en Maya (la Ilusión) como el Mago no cree en sus trucos» y también se hace referencia al juego hinduista «Lilah», tan antiguo como el I Ching o el Tarot. Es una especie de «Juego de la Oca», con un tablero de 72 casillas donde cada jugador va siguiendo un proceso de crecimiento espiritual hasta llegar al nirvana. La casilla de nivel más bajo es precisamente la de la ilusión, uno de los estados más difíciles para los seres humanos, pero los hinduistas dicen que la ilusión es una mentira necesaria para poder vivir.
P.: ¿Cómo se relaciona todo esto con la obra?
D.S.M.: El mago está trazado sobre una clave hinduista. El es quien va transmitiendo esta idea de que la ilusión es necesaria para construir una existencia aceptable. En realidad lo hace para zafar de una situación engorrosa.
P.: Cuéntenos un poco...
D.S.M.: Una pareja llega a un hotel haciendo papelones, porque Calogero (Garzón) es muy celoso y discute todo el tiempo con su esposa Marta (Ballesteros). Esa misma noche asisten a un show de magia que en realidad ha sido preparado para que esta dama infiel se esfume en escena y huya con su amante. El mago (Laplace), secundado por su cónyuge (Karina K), mete a Marta dentro un sarcófago y luego le dice al marido que no abra la caja si no está absolutamente seguro de la fidelidad de su esposa. Así pasan los años y el hombre, que nunca abre el sarcófago, va haciendo un proceso tan extraordinario que supera al propio mago en sabiduría. Cuando la mujer regresa, ya cansada de su amante, el mago prepara un nuevo truco en el que ella reaparece. Pero el marido ya no la reconoce: «Esta no es mi esposa. Esta mujer pertenece a otro juego que usted ha iniciado», le dice al mago y lo echa. También echa a su esposa y se queda solo en su habitación con la caja cerrada. Termina diciendo que va a ir hasta el arco iris a esperar el momento en que la ilusión se haga verdad.
P.: Una historia poética...
D.S.M.: Es fantástica. Y fue muy difícil distribuir los papeles masculinos, porque los actores primero se enamoraban de un personaje, después querían hacer el otro. El mismo De Filippo, antes de envejecer (murió a los 84 años) interpretó uno y otro papel porque decía que los dos eran parte de su persona. Ya mayor terminó haciendo sólo de mago. Yo tengo una película que su hijo filmó para la RAI, en la década del 60, en donde se lo ve interpretando a Calogero. También aparece Lando Buzzanca como inspector de policía.
P.: Cambiando de tema. ¿Cuál de sus viajes lo enriqueció más como director?
D.S.M.: Este último que hice a Rusia. Moscú tiene un circuito cultural fuerte, casi aplastante. Las entradas siempre están agotadas y en este momento hay en cartel unas 80 obras. Vi espectáculos impresionantes. Mucho Chejov y mucha ópera y ballet. El nivel de los artistas rusos siempre fue inmenso y lo siguen manteniendo a rajatabla. También viajar por Oriente es enriquecedor. Pero el gran golpe para un occidental es la India. Porque cuando uno llega resulta insoportable. Los primeros días solo querés ir al aeropuerto para volver a tu casa, pero luego vas cambiando de actitud hasta llegar a un enamoramiento profundo, Algo pasa ahí que no me sucede con otros países.
P.: ¿El pueblo indio es el más espiritual de la tierra?
D.S.M.: Estoy de acuerdo. Hacen sentir que existe el espíritu, aunque uno sea ateo. Y es más maravilloso pasar algunos días junto al Ganges. Es algo que le recomiendo incluso a mis enemigos, que sé que sufren mucho.
P.: ¿Otros planes para este año?
D.S.M.: Voy a montar en Jujuy «Los mirasoles» de Sánchez Gardel con elenco local, en el marco del Plan Federal del Teatro Nacional Cervantes. Y el 25 de junio estreno en Córdoba la ópera argentina «Lin Calel».
P.: La misma que estrenó en el Teatro Argentino de La Plata, en 2003. Sé que tuvo buena recepción, a diferencia de su último «Don Giovanni» que disgustó a algunos críticos por su ambientación moderna.
D.S.M.: Mire, estoy absolutamente harto de que a los críticos musicales les moleste la modernidad. Harto, porque nosotros vivimos en esta época. Yo puedo aceptar que no les guste un trabajo mío por diferentes razones, pero creo que es un acto de ignorancia desconocer que Shakespeare representaba su «Julio César» vestido con ropas isabelinas y algo similar ocurría con Mozart y el montaje de sus óperas. No entiendo por qué los críticos van a buscar la historia del traje y son incapaces de adaptarse a nuestros tiempos. Me decepciona profundamente. No por tener malas críticas -la crítica, buena o mala, no es más que una opinión- pero creo que al público le están haciendo un daño muy serio con esta visión tan limitada.
Entrevista de Patricia Espinosa


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