Figura emblemática del Teatro San Martín, y de una televisión abierta con nivel cultural, valiosa partenaire de Alfredo Alcón, y también voz inolvidable de los viejos radioteatros románticos, la actriz Graciela Araujo murió el sábado pasado, víctima de un paro cardíaco.
Adiós a una gran actriz, Graciela Araujo
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Platense, nacida en setiembre de 1930, siendo jovencita integró la primera camada de egresadas (en su caso, con medalla de plata) del Conservatorio de Música y Artes Escénicas que dirigía el maestro Alberto Ginastera. Fue, desde allí, proclamada discípula de la mítica Milagros de la Vega. Ya en 1950 llamó la atención con una puesta de “Las criadas” en el Coliseo Podestá de La Plata. Por entonces también trabajaba en Radio El Mundo. Allí la descubrió el popular dramaturgo Alberto Migré, consagrándola en obras de enorme difusión.
Con el tiempo, ya afianzada en el elenco estable del San Martín, fue la actriz imprescindible para recordadas puestas de Tirso de Molina, Gregorio de Laferrere, Shakespeare, Federico García Lorca, Lope de Vega, Valle Inclán, Moliere, Eurípides, Strindberg, Ibsen, Brecht, Gombrowicz y otros grandes autores del teatro clásico y moderno. Jubilada, siguió actuando. Entre otros muchos premios, recibió el Moliere por su encarnación de la reina Gertrudis de “Hamlet”, con Alfredo Alcón (que luego, en 1981, llevaron a la televisión abierta), y los Trinidad Guevara y Florencio Sánchez por el monólogo de “Las reglas de la urbanidad en la sociedad moderna”, de Lagarce, 2007. Y se despidió de las tablas en 2013, ya con 83 años, y un título exacto: “Final de partida”, de Beckett. Director y coprotagonista, Alfredo Alcón.
La televisión la tuvo en ciclos como “Teleteatro Palmolive del Aire”, “Su comedia favorita”, “Gran Teatro Universal”, “Nuestros hijos”, “El mundo del espectáculo” y “Luces y sombras”, de Oscar Barney Finn. En cine solo dobló la voz de Nuria Torray en “Dar la cara” (Martínez Suárez, 1962), apareció en “Yo, la peor de todas” (María Luisa Bemberg, 1990) y “Un muro de silencio” (Lita Stantic, 1993), no mucho más, lamentablemente.
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