24 de noviembre 2009 - 00:00

Teherán y Occidente: una historia de recelos

El tema del programa nuclear de Irán se encuentra otra vez en un peligroso punto muerto como parte de una saga donde lo determinante es la falta de confianza.

El primer acto de desconfianza se produjo al negarse a Irán los beneficios de una inversión efectuada en la época del Sha, como copropietario del principal consorcio europeo productor de uranio enriquecido.

Irán poseía el 10% del capital accionario de Eurodif. En 1979, Francia y otros Estados accionarios se negaron, afectando derechos societarios, a suministrar uranio enriquecido al Irán de la Revolución Islámica. Finalmente, en 1991 se alcanzó un acuerdo en el cual el país persa pudo recuperar la inversión de u$s 1.200 millones y, en la actualidad, mantiene la participación accionaria en Eurodif a través de una empresa francoiraní (Sofidif), aunque no posee la capacidad de utilizar material enriquecido.

El segundo punto de desconfianza se generó a fines de los 80, cuando la Agencia Internacional de la Energía Atómica (AIEA) tuvo que suspender un programa de cooperación sobre enriquecimiento de uranio ante la presión de los Estados Unidos.

Se produjeron, también, otros incumplimientos contractuales con diversos países en temas relacionados con la energía nuclear, debido a la insistencia de Estados Unidos.

El tercer hito de sospecha se produjo cuando Irán se negó a aceptar las medidas de control internacional de la AIEA a sus plantas de enriquecimiento de uranio y al material ya enriquecido, como sí lo hacen todos los demás países que poseen esa misma tecnología; entre otros, la Argentina y Brasil.

El cuarto elemento de desconfianza apareció recientemente, cuando se descubrió la planta de Forbo en las cercanías de la ciudad de Qom, sin haber sido siquiera advertida a la AIEA como surge de las obligaciones del TNP.

El quinto es la negativa de Irán a cambiar el núcleo del reactor de investigación para disminuir el grado de enriquecimiento necesario en los elementos combustibles, con lo cual no necesitaría enriquecer al 20%, un porcentaje que encamina a la teocracia a la bomba nuclear.

Esa medida es técnicamente posible, a un costo muy bajo y alentada por la AIEA. El número de países que puede efectuar esta tarea es amplio y permitiría encontrar un proveedor a satisfacción política de Irán.

Todas esas desconfianzas han rodeado la última etapa de la negociación del «G-5 más uno» (Rusia, EE.UU., China, Francia y Gran Bretaña, como miembros del Consejo de Seguridad, más Alemania) e Irán, cuyo mérito era que la fórmula propuesta constituía una solución interina igualmente mala para todos.

Para el G-6, el acuerdo perseguía un fin disuasorio y dilatorio. Rusia potenciaría el uranio de bajo enriquecimiento que posee Irán y lo llevaría al 20%. Francia lo convertiría en elemento combustible para ser usado en un reactor de investigación para producir radioisótopos.

La sexta fase de la desconfianza está fundada en las suspicacias de Irán en torno al riesgo de entregar material que podría no recuperar aún en el caso de que Turquía actuara como custodio de dicho material. Es evidente que en la balanza de Teherán, la desconfianza tuvo mayor peso que las ventajas de ganar tiempo para fortalecer su capacidad tecnológica propia y salir del ojo del huracán.

En un marco de tales características, es difícil alcanzar un acuerdo creíble. Irán considera que, en el mejor de los casos, el G-6 haría un suministro con cuentagotas y conforme a las necesidades del reactor para producir radioisótopos. El G-6 teme que Irán, al margen del acuerdo, siga enriqueciendo hasta sobrepasar el 20%. Estiman que la planta aparecida sorpresivamente en Qom tendría ese propósito.

De las 3.000 centrífugas, 1.200 podrían ser utilizadas para enriquecer uranio del 5 al 20%. Para hacerlo del 20% al 60% se necesitarían 250 centrífugas; y del 60% al 95%, 120. Estos pasos le permitirían tener el suficiente material para entre cuatro y cinco bombas nucleares.

Sin embargo, resulta indispensable que continúen los esfuerzos diplomáticos. El director general de la AIEA advirtió que el eje del problema no es solamente técnico, sino político y pasa, en gran medida, por la aspiración de Irán de ser reconocido como potencia regional. Eso tiene consecuencias.

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