24 de octubre 2012 - 00:00

“Todos somos religiosos, pero algunos no lo saben”

Brascó explica que ambientó su nueva novela en la Francia del siglo XVIII «para que no se hicieran paralelos con la Argentina: ‘Quejido Huacho’ es una metáfora de la Argentina planteada en ese sentido».
Brascó explica que ambientó su nueva novela en la Francia del siglo XVIII «para que no se hicieran paralelos con la Argentina: ‘Quejido Huacho’ es una metáfora de la Argentina planteada en ese sentido».
Luego de «Quejido Huacho», su opera prima en el género novela, aventura desopilante en la provincia de Buenos Aires, Miguel Brascó sorprende ahora yéndose con «El prisionero» a Francia, a una prisión de la Revolución Francesa que está repleta de personajes singulares. «El prisionero», que acaba de publicar la editorial Vocación, es una novela entretenida y culta, repleta de guiños, humor, erotismo y debates. Miguel Brascó abandonó la abogacía para dedicarse al periodismo, a hacer crítica de vinos y comentarios del mundo gourmet y el buen vivir. Poeta, traductor, cuentista, novelista, dramaturgo y dibujante Brascó tiene una extensa obra publicada. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Por qué hizo que su novela «El prisionero» transcurra en Francia en el siglo XVIII?

Miguel Brascó: Lo hice un poco a propósito para que no se hicieran paralelos con la Argentina. Mi novela anterior, «Quejido Huacho», es una metáfora de la Argentina planteada en ese sentido. Es un libro entretenido pero demasiado cercano. Un ingeniero debe viajar por una tarea oficial al pueblo de Quejido Huacho, en la provincia de Buenos Aires, y por el camino se pierde y se va encontrando con policías corruptos, un banda de narcotraficantes de hongos alucinógenos, un pueblo de ladrones de ganado y un ejército privado que los persigue, tres solteronas que hacen medialunas adictivas y una familia de comerciantes que quieren robarles la receta, un bar donde un travesti emula a Marlene Dietrich, una fauna criolla sobre la que sobrevuela Barsut, el amo de la región, y más arriba el «number one» que teje alianzas desde la impunidad del poder. Todo eso muy salpicado y divertido.

P.: ¿Y «El prisionero»?

M.B.: Es una historia de amor en donde surge el tema clave de la libertad, que no se trata de que a uno se la quiten o no se la quiten, se tiene o no se tiene, es un hecho intangible. Uno puede estar preso y ser libre, en su espíritu, pero «El prisionero» no es un libro metafísico sino una aventura donde hay traiciones, emboscadas, impudicias, entre otras cosas.

P.: ¿El Marqués de Sade está entre sus personajes porque se dedicó a los temas de su novela: la libertad, la religión y el erotismo?

M.B.: El Marqués de Sade estuvo preso muchos años. Estuvo en prisiones de la Revolución Francesa en la cual la contingencia histórica hacia que la mayoría nunca supiera quién estaba internado allí, y qué fuerza política podía tener el día de mañana. Algo que, de nuevo, tiene un algo cercano a lo que suele ocurrir por estas tierras cuando no se sabe en las internas quién va a subir y quién va a bajar. Pero «El prisionero» no es un libro político. Hay dos temas que acompañan las aventuras, o desventuras, del joven activista jacobino Lucien Derroulle, uno es el de la libertad que impregna la anécdota completa, el otro una conversación teológica en la que conversa con un rarísimo sacerdote jesuita, Francisco de Bobadilla, que está también en Maubeuge, esa inexpugnable fortaleza.

P.: Pero el jesuita no está prisionero como Lucien.

M.B.: No, está refugiado porque, como se sabe, la Revolución Francesa era ácrata. Alguien lo puso allí para protegerlo, y el jesuita rinde servicios en la fortaleza. Lucien, que es un anarquista a lo Robespierre discute con él sobre las características de Dios y el demonio.

P.: ¿Por qué se interesó en ese tema religioso?

M..B.: Todos somos religiosos, lo que pasa es que algunos lo saben y otros no. Hay situaciones diversas en la vida en que los interrogantes religiosos afloran. A mí el tema del demonio me preocupaba mucho, y tengo una anécdota divertida al respecto. Tuve una iluminación un día leyendo el Génesis, de pronto vi claro lo que dijo Goethe de que el uno afirma y el dos niega, donde el uno es Dios, y el dos el demonio. Era el viejo asunto del Yin y el Yan. La posición del demonio, que siempre es un personaje abominable, y la de Dios que siempre es el Creador, no pertenecen, en realidad a la teología sino a la liturgia. Son distintos, y los extremos de una dupla. Este no es un tema central del libro, apenas circunstancias, pero pienso que lo vuelven interesante.

P.: Usted reúne personajes interesantes como Baudrillard «geómetra reversible», Jean Pierre Noyer, «teósofo esóterico» o Jolivet, «il castrato».

M.B.: El castrati es típico de la época. En las óperas había una voz de mezzosoprano que la llevaba un castrado. Ya no existe sacarle los testículos a un chico, introduciéndolo en baños de agua muy fría, para hacerlos cantantes. De cualquier manera il castrati es muy pintoresco, y ésta es una novela escrita para entretener. Se puede usar una novela como Camus, para hacer ideología política o social, pero en el fondo él también busca entretener porque sino escribiría uno de sus ensayos. La novela es una historia, y las historias son para entretener. Eso los ingleses lo tienen claro. Los casos del Padre Brown de Chesterton tienen sentido teológico, pero son tan atractivos que capturan de inmediato al lector.

P.: ¿Cómo fue pasando por la abogacía, el periodismo, la poesía, el dibujo, la narrativa?

M.B.: En realidad soy un escritor, no otra cosa. Siempre dibujé. Todos los chicos dibujan, y muy bien porque circulan por la casa de la creación de una manera libre. Eso lo aprendí de José Planas Casas, tío del gran pintor Juan Batlle Planas, que era un refugiado catalán del horror de la Guerra Civil. Vivía en Santa Fe, donde estudié Derecho. Pasé diez años allí. Planas Casas me tenía un afecto especial porque decía que le hacía recordar a Salvador Dalí, no por el físico, porque Dalí era un flaco alto, sino por las ocurrencias. Planas Casas como todos los vinculados con el surrealismo eran expertos en la libertad creativa. Él me enseñó a manejar la libertad creativa como una herramienta. Eso integra de la poesía a la literatura, que siempre es multiforme y puede ir de un poema a una novela. El que tiene la capacidad de comunicarse escribiendo usa todo los géneros, aunque se exprese en uno o algunos, es difícil que un novelista no escriba a la vez poemas, no se puede privar de hacerlo.

P.: ¿Su comienzo como escritor fue como poeta?

M.B.: Casi todos los escritores cultivan la poesía en la adolescencia porque les resulta más adecuada al desarrollo cultural que tienen. No es que sean más elementales que poetas, pero saben que todo se resuelve en unas pocas líneas, en cambio para escribir una novela se necesita tenacidad, persistencia y paciencia. La novela no se presta para la juventud, en cambio la poesía sí, porque la juventud está más cerca de la intuición y menos perturbada por la racionalidad que impone una novela. Una novela es un objeto de comercio, es un negocio, en realidad. Yo llego a la novela a través de Juan Carlos Onetti, de quien era muy amigo, y a quien admiré mucho.

P.: ¿Cómo fue eso?

M.B.:
Recuerdo que cuando llegué de Santa Fe lo busqué. Le pregunté a Ernesto Sábato, y él, que era un gran celoso, me dijo que Onetti estaba en el Chaco trabajando en La Forestal. Y yo como un idiota me lo creí. Un día estábamos reunidos en El Ciervo con Vanasco, Trejo, los Viñas, la gente de Poesía Buenos Aires, la generación del 50. Hablábamos de William Faulkner, al que le habían dado el Premio Nobel, y éramos expertos en su obra, todos eruditos. De pronto, un hombre se levanta de otra mesa, se acerca y se pone a hablar de Faulkner, y nos dio una cátedra a todos. Era Onetti. De esa manera casual me hice muy amigo de él. Empecé a escribir cuentos en una revista que sacaba Oliverio Girondo. Onetti lo leyó y me lo mandó corregido y comentado. Nos juntamos y me hizo una crítica profesional de cómo se relata una historia para que sea concisa, tenga el ritmo necesario, la música que debe tener la prosa. Cuando tenía 25 años en España, luego de hacer un posgrado de Derecho en la Universidad Complutense, entre como oyente en un posgrado de Letras, y ahí conocí de charlar seguido con él, a Vicente Aleixandre, poeta rector de la Facultad de Letras y Premio Nobel de Literatura.

P.: ¿Ahora en qué está trabajando?

M.B.: En un libro sobre el vino, pero no un libro técnico sino un libro de memorias, porque descubrí que yo soy el más viejo de la tribu vinculada con la vitivinicultura. Muchas veces escucho que la gente habla por referencia cosas que yo las viví. Y siempre me ronda la idea de una nueva novela, porque la novela supone el placer de vivir dos vidas al mismo tiempo. Y eso para el escritor llega a veces a situaciones patológicas, como cuando se mete en la vida de los personajes que ha creado y ellos comienzan a dirigirlo a uno. Es algo muy raro. Esto lo dicen todos los escritores, salvo los escritores bobetas que andan con cara de torturados para mostrar que están sufriendo los padecimientos de escribir una novela, cuando la novela ofrece una enorme placer, entusiasma, es una cosa divertidísima.

Entrevista de Máximo Soto

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