Tomás Eloy, periodista, murió a la hora de cierre

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Amigos de la profesión, escritores y algún lector acompañarán en la mañana de hoy al Parque Memorial los restos de Tomás Eloy Martínez, hombre que de tan periodista murió el domingo a la hora de cierre de los diarios. Casi un símbolo, porque de su trayectoria, que quiso se recordase como escritor de ficción, lo más importante fue su tarea de periodista. participó de proyectos que hicieron historia en la actividad en el último medio siglo, principalmente en un período de la revista «Primera Plana» y, quizás su realización más importante, como director periodístico del noticiero «Telenoche», que creó e instaló un formato informativo novedoso para la televisión que dura hasta hoy.

Ninguna de las obras literarias de Martínez, algunas de ellas consagradas por el público más que su labor periodística, alcanzan el nivel que logró como hombre de prensa. Lo prueban no sólo la labor en «Primera Plana», «Telenoche», los libros «Lugar común la muerte» (recopilación de crónicas, que es quizás su mejor libro), «La pasión según Trelew», «Las memorias del General», que superan en altura expresiva a lo mejor de «La Novela de Perón» o «Santa Evita», que son también las series testimoniales que entreteje con la imaginación. «El vuelo de la reina», pocos lo saben, está inspirada en un gran periodista argentino ya fallecido, cuya personalidad le fascinaba a Martínez.

Claro que el periodismo tiene menos prestigio que la literatura de arte; por eso hoy la despedida es el adiós de un poeta. Lo que Martínez ha sido como periodista, además, lo conoce más que nada la gente de su generación en un oficio tan provisorio y olvidable como las páginas de los diarios.

Que Martínez -un exquisito prosista, digno en sus novelas de asuntos más eficaces- muera recordado más como novelista que como periodista completa su trayectoria de intelectual argentino. El rebelde Tomás Eloy de los años 60 seguramente repudiaría al Tomás Eloy columnista del establishment, amarrado a los medios más establecidos de su país y las universidades de los EE.UU., premiado con todas las cucardas que la cultura oficial tiene para sus voceros. El intelectual es el hombre que sólo sabe leer y escribir y que necesita del resguardo del poder, de la editorial de marca, del medio dominante para resolver su obra. Es raro el intelectual que mantenga la rebeldía de por vida, que persista en el dehonrando sus convicciones de la juventud, que son las que le abrieron el camino en un oficio que, al final, suele sepultar las ilusiones a cambio de la fama, que entre intelectuales todo lo puede.

Porque fue periodista padeció las servidumbres de la profesión -despidos en «Panorama» por escribir sobre Trelew, manipulaciones de sus notas en «La opinión», un caso por el cual rompió para siempre con su editor Jacobo Timerman-, también el dolor del exilio, en donde también desplegó su talento como hombre de prensa. Junto a Rodolfo Terragno fundó el «Diario de Caracas», exitosa empresa cuya edición lo consideran los venezolanos un hito en la historia de la prensa local.

Con el regreso de la democracia, Martínez animó realizaciones periodísticas que marcaron rumbos. Bajo el gobierno de Raúl Alfonsín condujo por el estatal «Canal 13» la versión original -y la más exitosa- de «Los siete locos», programa de divulgación de libros también de formato novedoso para entonces. Como productor y conductor de esa rutina protagonizó una desopilante polémica -la más profunda sobre la materia que se recuerde- con Gerardo Sofovich por el uso de la bella canción «With a Song in My Heart» como cortina de sus respectivos programas. Que eligieran y se pelearan por esa melodía exhibió lo mejor de los dos animadores.

Menos suerte tuvo con «El Galpón de la Memoria», programa de revisión de los años 70 que fue retirado del aire por el mismo gobierno que controlaba la TV, entonces estatal, para no irritar a los militares. Esa experiencia, y la elección de Carlos Menem como presidente, lo decidió a radicarse en los Estados Unidos, adonde vivió, alternando con largas visitas al país, hasta que los efectos de un cáncer lo hicieron regresar definitivamente.

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