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Tres días en una ciudad que nunca deja de cambiar
El Palacio de Sanssouci, en Potsdam, que fuera residencia de verano del rey Federico el Grande.
Incluso dicen que al terminar de pronunciar la palabra «Berlín», esta ciudad ya es otra. La mutación permanente parece ser lo único constante. Una transformación que va dejando huellas en sus calles y en su gente. Por ejemplo, una fila de adoquines marca el trazado del Muro que partió a la ciudad en dos entre 1961 y 1989 y pequeñas chapas de bronce en las veredas recuerdan a personas asesinadas o llevadas a campos de concentración durante el nazismo.
Berlín aloja hoy a 3,5 millones de habitantes de 190 nacionalidades. Este crisol la diferencia de otras ciudades alemanas como Weimar, Leipzig, Munich o Hamburgo, y también la convierte en uno de los lugares más multiculturales de Europa.
Durante las últimas décadas, Berlín creció más en extensión que en altura: su superficie es cuatro veces más grande que la de Buenos Aires. El barrio de Mitte es el centro. Sin embargo, no todo transcurre allí: las características de cada área en particular hacen que Berlín se convierta en una ciudad en la que convergen varias a la vez.
Existen múltiples opciones para recorrerla de manera ágil. Tanto el transporte público como los carteles con señalización para turistas facilitan encontrar los sitios buscados. Algunos de los lugares más elegidos son la East Side Gallery -parte todavía erigida del Muro que se convirtió en una obra de arte a cielo abierto-, la Puerta de Brandeburgo, y la Torre de Televisión de Alexanderplatz.
Día 1
Monumentos
El recorrido comienza, casi de forma obligada, en el Puerta de Brandeburgo, símbolo de Berlín y escenario de varios momentos históricos de la capital alemana, como la caída del Muro. Fue construida entre 1788 y 1791 durante el reinado de Federico Guillermo II de Prusia y es la única que sigue en pie de las 18 que existían en aquellos tiempos. Rodeando a esta edificación se encuentran las embajadas de los cuatro países que ocuparon Berlín tras la Segunda Guerra Mundial: Estados Unidos, Francia, Inglaterra y Rusia. Una joya arquitectónica moderna se puede encontrar entrando al DZ Bank, lindero a la sede diplomática norteamericana.
Desde allí, se puede caminar por la elegante avenida Unter den Linden («Bajo los tilos», en alemán) hacia el histórico Hotel Adlon, parada obligada para tomar un té o una cerveza (a 7 euros), acompañados por exquisitas almendras tostadas, mientras se escucha un piano de fondo.
Es conveniente doblar en Friedrichstrasse para llegar al Checkpoint Charlie, paso fronterizo de 1945 a 1990 entre la zona de ocupación norteamericana y
la soviética. El museo de este lugar exhibe fotos y representaciones de las múltiples formas de escape de los alemanes que vivían en el lado oriental. A una cuadra, sobre Niederkirchnerstrasse, puede verse un tramo del Muro. Enfrente, está la muestra Topografía del Terror, en la antigua sede de la Gestapo (policía secreta del Estado).
En camino nuevamente hacia Unter den Linden se puede pasar por la Gendarmenmarkt, una plaza rodeada por hoteles y negocios elegantes. Allí se encuentra la Catedral alemana y, en el lado opuesto, la francesa. En el centro está el teatro Konzerthaus, construido en 1818.
Desde allí se puede ir hacia la ópera Statsoper caminando por los patios de la Universidad Humboldt (la más antigua de Berlín) y por Bebelplatz. Aquí, en 1933, la juventud hitleriana hizo una gran quema de libros: un memorial subterráneo recuerda el hecho.
Para ver uno de los centros turísticos con mayor movimiento de Berlín hay que atravesar el puente Liebknecht hasta Alexanderplatz. En esta plaza está el reloj mundial, una gran estructura de metal que rota permanentemente y muestra la hora de todo el mundo, incluida la de la Argentina. Detrás quedó la Isla de los Museos, que atesora destacadas piezas de arte antiguo (ver recuadro). A pocas cuadras se encuentra Hackescher Markt, sector que estuvo bajo el dominio soviético durante la Guerra Fría. Los patios internos (hoffe) invitan a terminar el día con una buena cerveza alemana.
Día 2
Este y Oeste
No siempre es fácil saber en Berlín de qué lado se está, si de la parte que pertenecía al Este o al Oeste. Uno de esos lugares es Postdamer Platz, que precisamente quedó en el medio de ambos, en una zona que fue completamente arrasada durante la Segunda Guerra y que se convirtió en tierra de nadie durante los años que existió el Muro. Hoy la rodean modernos edificios como el Sony Center, donde hay bares, cafés y cines. También allí está el Filmmuseum, que repasa de una manera dinámica e interactiva la historia del cine alemán.
Dando la vuelta a la esquina está la famosa Filarmónica de Berlín. Hay conciertos casi todas las noches y las entradas varían, según sea la orquesta que se despliegue sobre el escenario, entre 16 y 80 euros. Los martes al mediodía hay conciertos gratuitos en el hall. Desde Postdamer Platz se puede tomar Eberstrasse hacia el Monumento al Holocausto, un memorial que recuerda a los millones de judíos asesinados en Europa. Hay que caminar entre sus 2.711 bloques de cemento para sentir la sensación de aislamiento y ahogo que quiso transmitir el arquitecto que lo creó.
En la parte opuesta a este memorial comienza el extenso parque Tiergarten. En sus 210 hectáreas (casi 10 veces más extenso que los bosques de Palermo) los berlineses aprovechan para correr, caminar, jugar a algún deporte o pasear durante los meses de menos frío.
Al seguir por Eberstrasse se pasa por la Puerta de Brandeburgo y se llega al Reichstag, o Parlamento alemán. Luego de haber sido destruido por un incendio en 1933 y por bombardeos en la Segunda Guerra Mundial, se reconstruyó en los 90. Hoy tiene una cúpula de vidrio abierta al turismo desde la cual se tiene una vista panorámica de la ciudad. Hay que atravesar todo el Tiergarten para llegar al centro de lo que era la parte oeste de Berlín, en el barrio Charlotenburg. La Kaiser-Wilhelm-GedTMchtniskirche trae nuevamente el recuerdo de la guerra. Esta iglesia, tras ser destruida por una bomba, fue en parte reconstruida en estilo moderno.
Cerca está la tienda KaDeWe, donde las marcas de lujo hacen que no tenga nada que envidiar a las galerías Lafayette de París. Lo mejor está en la entrada y en el último piso, con una especie de gran almacén donde se mezclan el aroma a té de la India, chocolates belgas y café etíope. Un poco más arriba, en la terraza cerrada (wintergarten) se puede comer por 10 euros con una vista a la ciudad.
A pocos metros de allí comienza Kurfürstendamm, o Ku'Damm, como la llaman los berlineses, la avenida más elegante de la exparte occidental, donde brillan Channel, Hermes y Hugo Boss.
Día 3
POTSDAM
Hay que levantarse bien temprano para tomar el tren e ir a esta ciudad, a 30 minutos del centro de Berlín. En este lugar, escenario de uno de los tratados de la posguerra en 1945, están los palacios de verano que pertenecieron a Federico II, «el Grande», como el Sanssouci y el Nuevo Palacio. Lo mejor es llevar calzados cómodos para caminar por los jardines y, también, dentro de cada uno de los edificios.
La ciudad de Postdam es pintoresca. En la parte vieja tiene una calle peatonal adoquinada que termina en otra Puerta de Brandeburgo, más pequeña que la berlinesa.
Por la noche, ya de regreso en Berlín, se puede cenar en el restorán de comida alemana Max und Moritz, escuchar jazz en Yorckschlösschen (ambos en el barrio Kreuzberg) e ir a bailar a la famosa Bahreim.
CADA BARRIO CON SU PROPIA IDENTIDAD
Cada uno de los barrios berlineses tiene una identidad propia. En el sur, Kreuzberg alberga a gran cantidad de inmigrantes turcos y hoy se convierte cada vez más en el elegido por los estudiantes. Tiene muchos lugares para ir a degustar comidas tailandesa, turca, vietnamita y mexicana, entre otras, y a tomar algo, todo a muy buenos precios.
En el elegante Charlotenburg, que antiguamente formaba parte del sector oeste, vive la clase media alta. Y Prenzlauerberg, que estaba en el este y fue el primer barrio que se reconvirtió desde que cayó el Muro de Berlín, es hoy el más cotizado entre artistas y personas «cool», con negocios de ropa de diseño, bares, restoranes y supermercados de comida orgánica o «bio».
MUSEOS PARA TODOS LOS GUSTOS
Hay tantos museos en Berlín que es posible ir a uno por día y el año alcanza justo: son 365. De hecho, hay una isla (Museumsinsel), rodeada por el río Spree, que contiene a alguno de los principales, como el Pergamon, donde está una de las puertas de Babilonia. Allí también están el de Museo Nuevo, que exhibe el busto de la reina Nefertiti y la Antigua Galería Nacional.
Cuando Berlín fue dividida por el Muro, esta isla quedó en el lado este de la ciudad. En el área occidental se erigió entonces el Kulturforum (Foro de Cultura), que alberga la Nueva Galería Nacional, construida por uno de los pioneros de la Bauhaus, Ludwig Mies van der Rohe; y la Gemaldegalerie (Galería de Pinturas).
Se suman el Museo Archivo de la Bauhaus; el Museo Judío y el recomendable Filmmuseum en el moderno Sony Center de Potsdamer Platz, que repasa el desarrollo del cine, en particular el alemán. Es una de las mejores exposiciones por la puesta que tiene. Las entradas cuestan entre 3,5 y 10 euros. También hay pases por dos, tres y cinco días.
TRANSPORTE PÚBLICO, LA MEJOR OPCIÓN
Berlín es una ciudad para caminar, pero sobre todo para moverse en su envidiable sistema de transporte público. La redes de subtes, trenes, tranvías y colectivos la cubren por completo. Sólo las 10 líneas de metro significan 173 estaciones, con un recorrido total de 146,3 kilómetros.
Los boletos se compran en máquinas expendedoras que también están en castellano. Un viaje en una dirección, que comprende todos los medios de transportes públicos, cuesta 2,30 euros. Pero es posible comprar 4 pasajes y pagar por ellos 8,20. O si se hace un viaje corto (menos de 3 estaciones de tren) abonar 1,40 euro. También se puede comprar el pase para 7 días por 27,20 euros. Además hay paquetes para turistas que incluyen 3 días de transporte y entradas a museos, por ejemplo. Lo mejor es mirar en www.bvg.de y elegir la mejor opción.
Las líneas de colectivos 100 y la 200 pueden usarse como buses turísticos porque además de ir por las principales atracciones, son de dos pisos, lo que permite una buena vista desde arriba.
No hay molinetes ni personas que pidan el boleto a la entrada de las estaciones. Y no faltará quien piense «mejor no pago». Pero a no hacerlo: la multa es de 40 euros y casi ninguna excusa sirve para convencer al controlador. No le sorprenda ver perros y bicicletas en los vagones: están permitidos.
CLÁSICOS: SALCHICHA Y CERVEZA
Se vende currywurst prácticamente en todas las esquinas de la ciudad. La típica salchicha alemana, en la versión berlinesa, la sirven cortada en pequeños trozos bañada con abundante ketchup y un poco de curry, acompañada con papas fritas. Lo más típico es comerla en la calle por 1,50 euro, aunque muchos restoranes también la ofrecen.
El repertorio de comida alemana no es muy extenso. Sí se caracteriza en cambio por presentar platos abundantes y pesados, como el «eisbein», una especie de osobuco de cerdo riquísimo pero no apto para impresionables: su presentación es un gran hueso cubierto de carne (cuesta alrededor de 13 euros).
A la hora de pedir una «schnitzel» (12 euros), no comparar con la milanesa argentina: generalmente ésta se hace de carne de cerdo. Hay embutidos de todos los tipos y colores. También atraen la variedad de panes con trigo, centeno, levadura y hasta semillas de calabaza.
Entre las cervezas, se destacan los sabores de las distintas regiones del país. Se recomienda probar la hecha de trigo, o weissbier, en sus opciones blanca o «dunkel» (negra). Un vaso de medio litro en un bar cuesta 3,50 euros.
* enviada especial



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