Tribulaciones en una mesa electoral

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Un vecino de la Capital Federal participó como autoridad de mesa en las elecciones del 10 de julio. Vivió esa experiencia de la que muchos huyen, observó la conducta de electores, fiscales y veedores, y registró un testimonio que puede servirle al público, pero también a quienes tienen la responsabilidad de organi- zar la segunda vuelta del 31 de julio.

Me postulé como autoridad de mesa para sostener el sistema democrático y devolverle al país parte de lo que me dio. Fui designado como presidente de la mesa N° 4.422, formada en el primer piso del colegio Pizzurno, de Av. Monroe al 3000, barrio de Belgrano, perteneciente a la Comuna 13.

Ante los reclamos por la soledad como autoridad y la agobiante tarea desde las 7.30, se logró que fuera designada una colaboradora recién a las 17.15. Antes habían prestado su muy buena voluntad dos fiscales de dos partidos.

El padrón contenía 451 electores. La mesa estuvo habilitada a las 8.30, cuando estaba esperando sólo una persona, pero hasta alrede-dor de la hora 10, apenas había votado una decena de sufragantes.

La infraestructura era poco confortable, tanto en mobiliario como en iluminación. A la llegada de más votantes, algunos de ellos tenían dificultades para acceder al primer piso, por lo cual debíamos trasladar la mesa a la planta baja y esperar turno en un cuarto oscuro prestado; el proceso llevó mucho más de 5 minutos y se repitió unas 7 u 8 veces.

Dada esta situación, así como es posible agregar votantes a una mesa determinada (autoridades, fiscales), ¿no sería más conveniente incorporar a otra mesa accesible a quienes tienen dificultades para llegar a la propia, o crear de antemano una mesa ad hoc?

Las condiciones de la actividad eran muy poco propicias para mantener el optimismo. La única parada pudimos hacerla en una excursión a la planta baja; de comer, ni hablar.

Los fiscales generales, en uso de atribuciones, pedían acceso en forma desordenada, repetida y aleatoria para revisar el cuarto oscuro sin que les preocupara demasiado el tiempo de los votantes que esperan formando fila. Algún miembro de la organización estuvo muy ocupado en medir cuántas personas votaron a determinadas horas.

Cuando habían transcurrido 10 horas de sufragio y se agotaban las reservas físicas, la paciencia de votantes y la iluminación natural, la luz artificial hacía piquetes.

Las supuestas «autoridades» con cartel de solapa como responsables de gestionar facilidades practicaban discursos y conductas distintas a las recomendadas en los cursos de capacitación, a veces de manera demagógica.

A las 18.30 pudo cerrarse la etapa del sufragio, para pasar al episodio de recuento y de información, tarea compartida con la colaboradora incorporada (todo un hallazgo) y los dos fiscales, a quienes se acopló un tercero de buen conocimiento. La tarea finalizó a las 21.15.

Hubo 345 sobres, casi el 80% del padrón: ésta es una medida elocuente de la magnitud del esfuerzo y de las dificultades. Obsérvese que, descontando el primer horario de pocos votantes, y el destinado a casos especiales, se podría estimar que se atendieron 320 votantes en 500 minutos. El promedio de un minuto y medio por votante es escaso.

Jorge Lacunza

Ingeniero electromecánico

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