21 de junio 2012 - 00:00

Twist sin gritos: la Fed inyecta y Europa medita

Lets twist again. La Fed no quiere gritos. Y ofrece, a cambio, no llevarse la música a otra parte. Por eso el Twist II. Una extensión más modesta que el compacto original. Pero que como no agrede a nadie -menos que menos a las expectativas que habían revivido los últimos días- debería tomarse como un cumplido. El Twist I contempló un presupuesto de compras (y ventas equivalentes) de 600 mil millones de dólares a lo largo de todo un año (expira a fin de mes). El Twist II manejará 267 mil millones de dólares (y no 300 mil millones porque la Fed se quedó sin más títulos cortos en inventarios) y durará un semestre. O sea que el disco girará a igual cantidad de revoluciones. Es un gesto que busca ser tranquilizador. A tono con lo que necesitan los mercados, que más se hunde Europa, más se fortalecen imaginando que, a esta velocidad, una solución estratégica estará ya doblando a la vuelta de la esquina. Pero Alemania es dura y no está convencida, el BCE piensa que el enredo no pertenece a su jurisdicción, y, así, al final del día, lo único concreto es la iniciativa de Bernanke. Mientras Europa medita el intríngulis y zafa de la presión de sus pares suscribiendo las promesas de rigor a la finalización del cónclave del G-20, la Fed matiza la espera con un poco más de twist. El riesgo, por supuesto, es la decepción. Pero ¿qué más puede hacerse desde Washington? ¿Reeditar el desembarco en Normandía? Bernanke, por cierto, tampoco es el hombre para esa misión.

En realidad, la versión original del twist financiero data, como su nombre lo sugiere, de comienzos de los años 60. La idea es la de «torcer» la pendiente de la curva de rendimientos de los títulos del Tesoro. El Banco Central cambia la composición de plazos de su cartera: vende títulos cortos y los canjea por bonos de largo plazo, con efecto neutro en la cantidad de dinero. Las tasas cortas deberían subir y, las largas, reducirse. Ese es el «twist» de referencia. La pendiente más plana de la curva de tasas debería inducir, dice el manual, la toma de riesgos. Consultado ayer Ben Bernanke, en la conferencia de prensa posterior a la reunión del banco central, recitó el mismo argumento. ¿Por qué debiera ser así? No opera un estímulo monetario. El impacto cuantitativo es cero. Los pasivos de la Fed no aumentan. ¿Es, meramente, un placebo? La tentación rápida sería contestar que sí. Pero no es la respuesta correcta. Lo que cambia es el stock de riesgo de duración colocado en cabeza de los mercados. Al comprar títulos de largo plazo -y canjearlos por papeles cortos- la Fed absorbe «duración». ¿Una sutileza? Cuando no hay riesgo de crédito en los bonos públicos, sí. ¿Quién pierde el sueño hoy en día por tener en su portafolio un pagaré a diez años del Tesoro de los EE.UU.? Basta mirar los rendimientos para darse cuenta: cada vez rinden menos; ayer el 1,65% anual.

Este análisis sirve para dos fines. Permite entender de qué se trata la operatoria. Y, a la par, ilustra sobre un camino que sosegaría las turbulencias de Europa. Si el twist lo bailara el BCE con los bonos españoles e italianos -canjeándolos por papeles cortos de ambos países en cartera-, bien otro sería el cantar. Pero, ya se comentó, el BCE, de momento, no dice esta boca es mía. Trabaja a reglamento: son los Gobiernos de la eurozona (con los fondos de rescate) los que tienen que reparar el entuerto.