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Un Conrad de significado inagotable

Cuando se llega a las páginas finales y el siniestro señor Kurtz, que el protagonista, Marlow, ha ido a rescatar del centro de la selva africana, en «el país del marfil» (y que para muchos tendrá el rostro entre penumbras de Marlon Brando en la película «Apocalipsis Now») se lo escucha susurrar moribundo «el horror, el horror». Esas palabras de quien ha propuesto a sus connacionales «¡Exterminar a todos los salvajes!» hace estallar el relato. Pone de manifiesto el corazón de la tinieblas de infierno colonial por el que se ha transitado de la mano de un relato mentiroso, que no deja de decir la verdad. Como hizo Joseph Conrad con esta nouvelle, encubriendo su enfrentamiento del poder autoritario, de la ferocidad imperial, en una fábula que apareció por primera vez publicada en la muy conservadora revista «Blackwood Magazine», leída principalmente por militares y funcionarios del Imperio Británico, que no dudaron de que era aleccionadora. Aunque la lección fuera opuesta a lo que ellos pen
Acaso para cubrir su responsabilidad. Conrad le explica a su editor que su «justificable idea» era «la criminalidad de la ineficiencia y de l egoísmo en la gran obra civilizadora que se realiza en Africa».
Para el escritor Luis Magrinya, «esto no deja de resultar cuando menos curioso para un texto que en efecto, desde entonces hasta hoy, ha pasado por ser una de las más penetrantes representaciones del horror del colonialismo, y que ha logrado sobrevivir incluso a las acusaciones de racismo que, desde una perspectiva africana, le han venido lloviendo desde comienzos de los años 70".
Cada reencuentro con un texto clásico, como esta extraordinaria obra de Conrad, lleva al renovado placer de una nueva lectura, en el sentido usado por Roland Barthes, es decir como interpretación de los contenidos manifiestos y latentes, del texto y subtexto, del sentido de fondo. Esa lectura lleva más allá de la ambigua relación entre civilización y barbarie, entre razón e irracionalidad, entre inteligencia y ferocidad, que en principio pareciera establecer el autor, para renovar ese carácter simbólico que le otorga interés permanente.
Aparece esa búsqueda de develar un secreto que es fundamento de toda tragedia. Muestra a un hombre que va avanzando sobre sus imposturas, que va asumiendo una brutalidad semejante a la de aquel que va a buscar para rescatarlo, ese ser que masacra aborígenes y es adorado por ellos como un dios, un dios injusto y feroz, que remite a otros dioses adorados por doquier. Es el hombre que hay que salvar, los peligros que hay que superar, un misterio que hay que resolver, el camino de un héroe que fracasa. Es una novela de aventuras, que parece fusionar Henry Rider Haggard con Franz Kafka. Es una lección de literatura con un monólogo que es y no es una confesión, porque el autor cuenta lo que un narrador anónimo cuenta que otro narrador, llamado Marlow, cuenta sobre ese corazón de las tinieblas de la selva a la que los humanos demasiadas veces se sienten arrojados.
M.S.


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