Ojalá pudiéramos decir que estamos a la puerta de una nueva era de armonía y prosperidad para todos. Pero lo cierto es que al menos para la inversión bursátil no estamos pasando por el mejor de los momentos. A lo largo del año los precios se han incrementado (ayer el Dow retrocedió el 0,14% a 13.096,31 puntos), pero los volúmenes negociados han caído mes a mes en casi todas las Bolsas del mundo. A lo mejor es un caso en que la percepción es peor que la realidad y la situación no es tan comprometida. Puede ser también que estemos entrando en una nueva normalidad, donde los volúmenes, y en su momento los precios, se muestren menos eufóricos que lo que vimos en las últimas décadas. Algo de esto parece estar sucediendo en el mercado del dinero, donde el costo de éste (aun teniendo en cuenta que los bancos centrales lo vienen pisando) orilla niveles históricamente bajos y los inversores parecen haber aceptado esta situación, aunque la reducción de los horizontes de inversión sugiere otra cosa. La realidad es que no sabemos qué pasará, pero podemos intuir que un retorno a la antigua normalidad podría ser traumático. Si bien las voces que hasta unos días atrás decían que de dispararse el «abismo fiscal» -que no es otra cosa que un corset de racionalidad, reduciendo gastos superfluos y aumentando lo menos posible algunos impuestos- los EE.UU. y el mundo corrían un serio riesgo de caer en una nueva recesión, ahora afirman que ello no ocurrirá; la mayor probabilidad, con o sin abismo, es que el país y el planeta enfrenten un nuevo período de estancamiento. Como bien podría haber dicho Niccolo Machiavelli, la felicidad no depende de la suerte sino de la virtud (si no sabe qué es la virtud, recurra al diccionario). Feliz Año Nuevo para todos.
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