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Un portentoso espactáculo

El más impactante y famoso de los 356 glaciares de los parques nacionales de Santa Cruz puede ser visto como una inmensa catarata congelada, un curioso parque de estalagmitas al aire libre, una incomprensible acumulación de castillos de cristal, el cuadro más delirante de un Van Gogh daltónico, las paredes que encierran uno de los círculos del infierno del Dante, la apacible sensación de una interminable masa de hielo que luego de estar rodeada de bosques de lengas, ñires y escarpadas montañas entra altivamente en el cielo.
Es imposible describir el glaciar Perito Moreno, sólo se pueden acumular metáforas. Frente a él se recuerda aquel cuento de Eduardo Galeano, el del chico que no conocía el mar y que, cuando el padre lo llevó a verlo, fue tal su deslumbramiento que le pidió... «ayudame a ver». Es que también hay mucho para ver en esos extraordinarios hielos de Santa Cruz. Es fácil descubrir en ellos multitud de rostros, hadas, obeliscos egipcios, seminaristas en procesión, miembros del Ku Klux Klan, un infatigable desfile de banderas argentinas, todo es cuestión de enfrentar el espectáculo con imaginación, con fantasía, recuperar por un momento la niñez del alma. Y para eso se necesita muy poco, sólo recordar que el Gigante Blanco está vivo. Y como ser vivo crece y avanza por el camino que le ha sido dado hacerse, hasta que finalmente se derrumba, a veces casi calladamente y otras con enorme estrépito.
Por devoción a esa enorme cantidad de gente que viene a verlo desde los puntos más remotos del planeta, en una especie de espectáculo continuado, el glaciar cada tanto deja caer partes de sí, casi como reverencias a su público. Y los fragmentos son pequeños icebergs, navecitas del alba, delfines de cristal, nubecitas nadadoras, surrealistas paisajes de Yves Tanguy.
El público se embelesa, se sobrecoge, saca fotos sin parar, y a veces, muchas veces, al ver cómo se lanza al agua un trozo de hielo, un pequeño iceberg, aplaude. Y cuando se produce cada tantos años la gran ruptura, el esperado show de majestuosos derrumbes de témpanos, el concierto de estrépitos, los saltos de esas aguas que con sus colosales salpicaduras remedan fuegos artificiales, los que han estado esperando ansiosamente gritan ovacionando ese final operístico. Es entonces cuando el glaciar vuelve a sus camarines, deja pasar las aguas, comienza a preparar una nueva función.


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