8 de junio 2009 - 00:00

Un regalo árabe para Washington

El triunfo de las fuerzas libanesas prooccidentales en el Líbano supone, en caso de confirmarse hoy con los resultados oficiales, una verdadera sorpresa, ya que la mayoría de los analistas había anticipado un triunfo de Hizbulá, el partido político y milicia chiita, acusado de terrorismo (incluso en la Argentina) y que es apoyado por Irán y Siria. Pero, además de sorpresivo, resulta trascendente, toda vez que, limitará la influencia que tradicionalmente ejercieron sobre ese pequeño país el régimen islamista de Teherán y la dictadura de Damasco.

La noticia no podía llegar en un mejor momento para Barack Obama, cuya política hacia Medio Oriente se basa en la prometida retirada de Irak, en un avance rápido hacia la paz entre palestinos e israelíes y en persuadir al liderazgo iraní a dirimir la suerte de su sospechado plan nuclear en una mesa de negociaciones. Objetivos difíciles, sobre todo los dos últimos, que Obama encara con una dosis no menor de voluntarismo, pero que aparece como algo más accesible en el nuevo escenario.

Los esfuerzos del estadounidense alcanzaron su punto máximo el último jueves, cuando ofreció desde El Cairo «un nuevo comienzo» al mundo islámico y reiteró su compromiso con la creación de un Estado palestino.

En línea con sus mentores iraníes, Hizbulá (Partido de Dios) fustigó ese discurso del demócrata como «teórico», «ajeno a la realidad regional» y sólo portador de un cambio cosmético.

Como cuerpo militar, Hizbulá es un resabio de la trágica guerra civil libanesa (1975-1990) -que dejó 150.000 muertos-. El acuerdo de paz de Taif (Arabia Saudita) ordenó ese año un desarme general de las múltiples milicias que habían hundido al Líbano en el caos. Todas menos Hizbulá, a la que se permitió seguir operando para combatir la ocupación del sur del país que entonces ejercía Israel.

Israel ya no controla territorio libanés, y sólo la ocupación de un minúsculo enclave en el sudeste, las Granjas de Chebaa, siguen justificando según la ley libanesa el carácter militar de Hizbulá. Para el Partido de Dios, ese territorio es libanés; para los hebreos, corresponderá su restitución a Siria cuando se pueda avanzar con ese país en un proceso de paz.

Hizbulá ha montado un verdadero Estado dentro del Estado, con escuelas, asistencia social y atención sanitaria. Con sus provocaciones arrastró al país a una guerra con Israel a mediados de 2006, un conflicto que al Líbano sólo le dejó devastación y sufrimiento de la población civil. Al Estado judío, acusaciones de crímenes de guerra y una pesada sensación de derrota.

Muchos libaneses no toleran más esa conducta de Hizbulá, que mantiene al país como rehén de intereses foráneos. Pero el gesto político expresado en la votación de ayer necesita nuevos hechos para consolidarse como una tendencia positiva en la región.

Las elecciones presidenciales del viernes 12 en Irán son ahora la clave a observar. Un triunfo de las fuerzas más moderadas que respaldan al candidato Mir Husein Musaví, posible según algunas encuestas, favorecería dicha tendencia. La permanencia en el poder del ultraislamista Mahmud Ahmadineyad, apoyado por la mayor parte del clero chiita, supondría un freno drástico.

El nuevo escenario pone más presión sobre el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, quien ayer anunció que esta semana dará a conocer su propuesta de paz. La expectativa de la Casa Blanca es que la misma deje un amplio margen de negociación, sobre todo en temas especialmente sensibles como la aceptación de un Estado palestino y el freno total de la colonización en Cisjordania.

Pero Netanyahu debe hacer equilibrio entre esas presiones y las que recibe de la ultraderecha que integra su Gobierno. Su objetivo, dijo ayer, «es llegar al mayor acuerdo posible con Estados Unidos y con nuestros amigos del mundo» para lograr «nuestra aspiración de llegar a la paz con los palestinos y con los Estados del mundo árabe». Una paz, precisó, «que tenga sólidos fundamentos de seguridad para Israel y para su población».

El Departamento de Estado aportó ayer a las seguridades que reclama. Para despejar cualquier duda, Hillary Clinton afirmó que un ataque iraní a Israel sería considerado como una agresión a los propios Estados Unidos.

Es difícil conformar a todo el mundo, fundamentalmente cuando las posturas son tan extremas como en Medio Oriente. Noticias como la de ayer, sin embargo, invitan un poco más al optimismo.

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