20 de agosto 2012 - 01:15

Una brisa, y Wall St. llega a nuevo récord (adiós taquicardias)

José Siaba Serrate
José Siaba Serrate
Bastará que sople una brisa suave para depositar a Wall Street en una nueva cima de la era post-Lehman. Toda la pérdida del «sell in May» se recobrará cuando el Dow Jones suba un último peldaño del 0,5%. Debería intentarlo esta semana aunque, a decir verdad, no hay exigencias de tiempos. La recuperación de los activos de riesgo procedió antes de lo esperado, y llegó más lejos de lo que podía pensarse si se revisa la agenda de las cuestiones todavía pendientes. Un paso a los costados no le quitaría méritos al avance y le permitiría munirse de mejores credenciales para más tarde proseguir viaje. Pero si en plena tormenta la liviandad del equipaje (sin sólidos balances ni buenos indicadores económicos ni brújula en Europa) no fue óbice para abrirse camino, ahora que esas piezas comienzan a aparecer, y a encajar favorablemente en el molde, no tendría que sosegarse la audacia de los pioneros. La apuesta fuerte, cuando zozobraban Grecia y España, fue que los mercados resistirían mejor que en 2010 y 2011 aun cuando los problemas de Europa hoy son de mayor calibre. Lo que acertaron muy pocos no fue el final feliz que también sobrevino en 2010 y 2011 tras una densa agonía. No. Lo que hizo la diferencia, lo verdaderamente difícil fue predecir que, para los mercados, no habría casi agonía. Volver a estas alturas no es sorpresa. Lo llamativo es haber arribado tan pronto, y sin rasguños.

Suben las cotizaciones, sí. Lo que no levanta es el volumen que en la Bolsa de Nueva York es el más bajo desde diciembre de 2007. El miedo supo ser mucho (aunque no llegó nunca al clímax de la capitulación). Empero lo que ahora abunda es la complacencia. El índice que mide la volatilidad esperada de las acciones para los próximos 30 días arroja la lectura más baja de los últimos cinco años. No es la primera vez que Europa promete, se le cree a pie juntillas, y luego no cumple. La doble recesión allí es una certeza aunque, por pudor o conveniencia, se evite el anuncio. Y de ese infierno no se sale con palabras. Se dice que Francia resiste, pero, la verdad, es que resistía. Su economía se estancó. Alemania tampoco luce como una locomotora avasallante. Las cuentas nacionales no mienten: no es ella la que tracciona al resto, ahora son los demás vagones de la eurozona los que la arrastran. ¿Qué creer cuando España se hunde hasta la cintura en la recesión, y el IBEX de Madrid rebota casi el 30%? Más vale que Draghi y Merkel no equivoquen la receta.

Las Bolsas son compradoras compulsivas de ilusiones. Los bonos, no. Nadie más incrédulo que el inversor en bonos del Tesoro. Las visiones que abrigan ambos son encontradas. El Dow cotiza al doble de su valor en el peor momento de la crisis, allá por marzo de 2009. Las tasas largas, en cambio, no cesaron de hundirse. Su piso -en el 1,38%- data del mes pasado. Mientras la Bolsa confía tozuda en un horizonte de recuperación desde 2009, los bonos no se convencen. Por eso importa corroborar su opinión. La tasa de diez años que en julio rozó el 1,38% cerró el viernes en el 1,82%.

El último mes se movió en tándem con las acciones. Lo que podría pensarse que debería ser la norma, que avancen de la mano, constituye una notable excepción. Esta convergencia es, de lejos, la mejor carta de presentación de la suba de las Bolsas. Sus cotizaciones volvieron a los niveles de mayo; las tasas largas también. El escepticismo de los bonos abrió por fin una hendija y le dio pábulo, de julio para acá, a los dichos de Draghi, al informe de empleo de EE.UU., y a la corriente más vigorosa de indicadores económicos recientes. Y, también, cómo no, al recorte de las probabilidades de que la Fed se embarque pronto en el QE3.

Europa es la dueña de la faena. ¿Sabrá rematarla? Si no hubiera fallado tantas estocadas hoy la crisis no llevaría su nombre. ¿Podrá mantener el ánimo de fiesta? Que no haya noticias de Europa, que Draghi haya hecho mutis por el foro hace dos semanas, son buenas noticias. Que Merkel lo respalde sin cortapisas es óptima señal cuando se sabe que el diablo está, seguro, en los detalles. Los pasos que siguen no deberían ser escabrosos salvo que Berlín así lo quiera.

Toca el turno de Grecia esta semana. El viernes, por primera vez, se verán las caras Merkel y su par heleno, Antonis Samaras. ¿Será debut y despedida? Flota en el aire la idea de una solución de compromiso. Después de todo, si Grecia no incurrió, hoy, lunes, en un impago es porque tampoco el BCE lo quiso (necesitaba reunir 3.200 millones de euros y en la última subasta de letras, gracias a la flexibilidad regulatoria del BCE, obtuvo 5 mil millones). Si Draghi y Merkel están alineados en salvar al euro, y ello incluye su carácter irrevocable, cabe la reprimenda, el discurso severo, pero no el portazo.

¿Para cuándo las definiciones que restan conocer del BCE? España dice que no se pronunciará hasta tenerlas en claro. El cónclave de la autoridad monetaria será el 6 de septiembre y allí Draghi, sí o sí, deberá comparecer. El ministro español De Guindos ya planteó las aspiraciones de su país. La intervención del BCE deberá ser «contundente» y sin límites prefijados de «cuantía ni de duración». Cuanto más puntilloso el discurso del ministro, más se imagina uno el próximo cortocircuito con la realidad. No obstante, mientras los mercados no aprieten, España querrá llevar a largas el asunto. De Guindos prevé que las condiciones del rescate recién saldrán a luz a mediados de septiembre tras las reuniones del eurogrupo y del Ecofin. Y el presidente Rajoy dirá si acepta cuando recabe toda esa información. ¿Se prestarán los mercados al juego? Si lo hacen es porque descuentan el desenlace. La suerte está echada. El pedido de rescate es «inevitable» reconoció Ana Botella, la alcaldesa de Madrid, mujer del PP y del expresidente Aznar. Con las condiciones que sean, dijo. Que ella tampoco las conoce.

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