Una elite política rendida al chantaje

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Carl Bernstein, uno de los investigadores del caso Watergate, que derribó al Gobierno republicano de Richard Nixon en 1974, trazó un paralelo días atrás entre ese hecho emblemático y lo que está ocurriendo en el escándalo de espionaje de los medios de Rupert Murdoch. Según este cronista, el affaire del grupo News Corp. demuestra también la crisis de una cultura periodística y exhibe a una clase política -la británica- rendida ante un imperio mediático extorsionador. Veamos los tramos principales de la nota de Bernstein, publicada por Newsweek en EE.UU. y, el sábado, por The Buenos Aires Herald.

El escándalo de espionaje que está haciendo temblar al imperio de Rupert Murdoch sorprenderá sólo a quienes voluntariamente se han tapado los ojos ante la perniciosa influencia que ese grupo tiene sobre el periodismo del mundo angloparlante. Demasiados de nosotros hemos hecho la vista gorda, divertidos con el morbo, sin considerar la extendida corrupción del periodismo y la política promovida por la cultura Murdoch a ambos lados del Atlántico.

Los hechos del caso son asombrosos por su magnitud. Miles de conversaciones telefónicas privadas hackeadas, presumiblemente el staff del periódico News of the World, propiedad de Murdoch. Acusaciones de sobornos, espionajes telefónicos y otras formas de quebrantar la ley, sin mencionar que correos electrónicos fueron eliminados de a millones para frustrar la investigación de Scotland Yard. Todo esto rodeando a un hombre y un imperio de los medios sin rivales serios que le disputen la influencia política en Inglaterra, sobre todo entre los conservadores «tories» que gobiernan el país, aunque no sólo a ellos. Casi todos los primeros ministros, desde Harold Wilson en la década de 1960 y la de 1970, han rendido tributo a Murdoch y su incomparable poder. Cuando Murdoch organizó su fiesta anual de verano para políticos, periodistas y la elite británica en Orangery, en los jardines de Kensington, el 16 de junio pasado, el primer ministro, David Cameron, y su esposa, Sam, estuvieron allí, como también los líderes laboristas Ed Miliband y otros ministros del gabinete.

Los asociados de Murdoch, de hoy y de ayer -y sus biógrafos- han dicho que una de sus ambiciones a largo plazo ha sido la de replicar ese poder político y cultural en Estados Unidos. Por mucho tiempo, su vehículo fue The New York Post, que no era rentable pero era útil para incrementar su peso e ir trabajando en un cambio a gran escala no sólo en el periodismo estadounidense sino también en la cultura. «Page Six» (sección de chismes de celebridades), emblemática por su desprecio por la pre-cisión, la verdad o el contexto -pero tan atractiva de leer-, se volvió el modelo para la «rumorización» de una prensa estadounidense que solía resistirse siquiera a considerar su publicación. (Murdoch logró una degradación similar en las frecuencias de radio en la década de 1990 con el tabloide televisivo A Current Affair.)

Luego llegaron las sesgadas «noticias» políticas de Fox News, demostrando (nuevamente) el talento de Murdoch para construir un imperio sobre la base de un recurso cada vez más bajo. Al ideal periodístico, la perdurable ética de Murdoch lo sustituye con rumores, sensacionalismo y controversia prefabricada.

Y finalmente, en 2007, las familias dueñas de The Wall Street Journal, enfrentadas entre sí, sucumbieron a su visión, voluntad y dinero, permitiendo el sueño de Murdoch de ser dueño de un periódico estadounidense que pudiera equiparar la influencia y el prestigio de su firma en Inglaterra, con un periódico que realmente importara y estuviera en el más alto nivel del periodismo, como The Times de Londres.

Entre el Post, Fox News y el Journal es difícil pensar en otro individuo con mayor influencia en la política estadounidense y en su cultura mediática durante el último medio siglo.

Pero ahora el imperio está tambaleando, y no hay quien sepa cuándo se calmará. Mis diálogos con periodistas y políticos británicos -quienes pidieron el anonimato para protegerse de represalias del todavía todopoderoso magnate- evidencian que el quiebre del News of the World y las investigaciones oficiales anunciadas por el Gobierno británico son el principio, no el fin, del evento sísmico.

News International, el brazo británico del imperio de Murdoch, «siempre ha tenido el principio de omertá: `No digas nada a nadie fuera de la familia y cuidaremos de vos», dice un antiguo editor de Murdoch que conoce bien el sistema. «Ahora están dejando a la gente sola. En ese momento la omertá termina, y la gente va a comenzar a hablar».

News of the World fue siempre la niña mimada de Murdoch, con 2,6 millones de ejemplares. Como cualquier conocedor del negocio dirá, los estándares y la cultura de una organización periodística están establecidos de arriba abajo por su dueño, sus responsables y sus editores jefe. Cronistas y editores normalmente no quiebran la ley, no coimean policías ni realizan escuchas telefónicas. Los detectives y los hackers no se transforman en la fuente primaria de información.

«Al final, lo que cosechás es lo que sembrás», dice uno de sus antiguos ejecutivos, quien supo ser su asesor cercano.

Nada de esto niega el genio competente de Murdoch, su comprensión superlativa del mercado moderno de medios, o su lectura acertada de la cultura popular. Él ha hecho que periódicos aburridos pasen a ser divertidos de leer, y noticieros de TV divertidos de mirar.

Lo mejor de él ha venido del exterior: empezando por Sky News, que sacudió a un complaciente establishment de la radiodifusión británica, contradiciendo la convención estadounidense de que no podría tener lugar una cuarta cadena de TV (Fox, por detrás de CBS, ABC y NBC), y reduciendo el poder de los sindicatos de Gran Bretaña, que estaban ejerciendo un dominio absoluto sobre la prensa.

Los acontecimientos de los últimos días son un punto de inflexión para el Reino Unido, los Estados Unidos, y Rupert Murdoch. El periodismo sensacionalista, y nuestra cultura sensacionalista, nunca serán los mismos.

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