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Una multitud desbordó show frente al Colón
El show tridimensional en la fachada del Teatro Colón convocó ayer a miles de personas, al punto de que el evento colapsó el tránsito porteño.
«Este festejo es de la gente, es una verdadera fiesta popular», aseguró el secretario general del Gobierno porteño, Marcos Peña. A sólo una cuadra, uno de los asistentes reproducía casi sus mismas palabras pero llenas de ironía: «Esto es un mar de gente, ¡qué fiesta popular!». El hombre, equipo de mate y banco en mano, expresaba así su frustración ante la imposibilidad de disfrutar cómodo la primera gala de reapertura del Colón.
La convocatoria del Gobierno porteño a los ciudadanos fue tan seductora que el grado de respuesta fue impresionante, incluso al punto de desbordar la organización del evento. La avenida 9 de Julio, desde la Plaza de la República hasta la avenida Córdoba, estuvo repleta de personas que se acercaron para ver el show a partir de las 5 de la tarde. Familias, personas mayores, bebés en cochecitos fueron ocupando el pavimento, al punto de que para cuando empezó el espectáculo casi no se podía respirar por la falta de espacio.
Ahí empezaron las silbatinas -la primera fue cuando se anunció que el comienzo del show se iba a retrasar media hora- y los replanteos de ocasión del estilo «¿Y si vamos para el Obelisco? Creo que ahí tocaba alguien» o «Vamos, otro día volvemos tranquilos y hasta podemos entrar al teatro».
El grado de frustración del público tuvo que ver más con el éxito de la convocatoria que con la calidad del buen espectáculo que ofreció el Gobierno porteño (ver aparte). En este punto, la falta de información -o, tal vez, la saturación de información, ante tantos eventos patrios- hizo que gran parte de los asistentes no supieran qué iban a ver, ni qué esperar.
Sin información
«¿Dónde es? ¿Dónde hay que mirar?», se preguntaban entre sí todo el tiempo, para obtener respuestas del estilo «no sé, creo que iban a proyectar algo en los edificios» o «creo que toca una orquesta afuera». La falta de un coordinador claro del evento tampoco ayudó: sólo intervino una voz dos veces para anunciar que se iba a retrasar el espectáculo y que se iban a apagar las luces de alumbrado público para generar la oscuridad necesaria para la proyección.
Tampoco hubo violencia ni manifestaciones políticas entre un público tranquilo y hasta silencioso, ávido por escuchar la música y lo que se relataba en el documental. Sólo estuvo presente la Asociación de Familiares y Presos Políticos de la Argentina, que pretendía desplegar un cartel con la leyenda «Basta de odios», pero no había espacio ni para eso. Avatares de los actos masivos, a los que la sociedad civil -especialmente la porteña- es tan adepta. Los más pacientes llegaron a disfrutar del concierto de gala un poco más cómodos, ya que un sector del público se fue al terminar el show, cansado de estar parado y de los empujones.


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