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Una nueva era con ansias de negociación, y calma como estilo
Convocatoria a exrivales como Daniel Scioli y Sergio Massa a la Casa Rosada y cumbre con todos los gobernadores, señales iniciales clave de la gestión de Mauricio Macri. expectativa en el frente económico.

La nueva era apunta a la negociación y a la calma como estilo. No es sólo por la opción política de Macri por un formato de convivencia múltiple de fuerzas, en lugar de la imposición de mayorías basadas en un derecho a la acumulación de poder casi sin límites como ejerció el kirchnerismo.
La era política que arrancó en este fin de año nace y se mantiene, por ahora, bajo el signo de la concordancia por imposición de la urnas. Esa es la proyección que le hicieron a Macri sus jefes de campaña sobre el futuro político que le esperaba a la Argentina y desde el inicio de la carrera por la presidencia lograron convencerlo, en boca primariamente de Jaime Durán Barba, que su estrategia debía pasar por mostrarse como una opción por lo nuevo, por el cambio.
• Ese camino, que hoy impacta en el estilo que va a ir tomando la política local, tuvo curvas y terminó aceptando algunas variantes que fueron esenciales. La principal fue Cambiemos, el acuerdo que cerró Macri con el radicalismo y la Coalición Cívica. Ese armado mantuvo la opción por el cambio en los estilos políticos, la conducción, la transparencia de la vida pública y un giro económico como promesa, pero se basó en un acuerdo del PRO con un partido tradicional como la UCR y en igual medida con Elisa Carrió, que obligó al macrismo a ceder lugares y protagonismo en la campaña pero que fue el que le dio la presidencia de la Nación.
• Esa base de necesarias negociaciones con radicales, peronistas que ya estaban en el PRO, otros que se sumaron, guiños sutiles y no tanto, con massistas en la segunda vuelta y un intento de diálogo desde el inicio con todos los gobernadores, como convocó Macri a la residencia de Olivos en su primer fin de semana como Presidente. Un día antes, el flamante Presidente había recibido en la Casa Rosada a sus exrivales, Daniel Scioli, Sergio Massa, Margarita Stolbizer y Adolfo Rodríguez Saá, que agradecieron -sin distinción- el gesto de concretar aquella promesa de campaña de abrir el diálogo con todas las fuerzas.
De vuelta en Olivos, esa reunión a la que Macri logró llevar hasta a la propia Alicia Kirchner como gobernadora de Santa Cruz junto a otros 23 jefes provinciales peronistas, radicales o de su propio partido, como Horacio Rodríguez Larreta, no fue el primer acto de Gobierno que llevó el sello de esa estrategia de Macri de intentar darle forma propia a su presidencia por un lado y comenzar a plantar una base de negociación con el peronismo que le permita subsistir sin problemas frente a los cambios que deberá hacer y para los que necesitará a esos mismos caciques apoyándolo.
• Arrancó Macri entonces garantizando renegociar reparto de fondos entre la Nación y las provincias, un bálsamo aunque por ahora solo se trate de tirar líneas y expresar buenas intenciones después de años de sometimientos de los gobernadores a políticas como las de los Kirchner, que utilizaron los fondos del Tesoro nacional para disciplinar provincias y desde allí moldear su mandato.
• Promete Macri hacer lo que la política no quiso en algunos casos o no pudo, en otros, desde 1988, cuando Raúl Alfonsín logró sancionar la última Ley de Coparticipación Federal de Impuestos. Desde ahí en adelante, la tendencia fue siempre la misma, gobierne quien gobierne: parches en el reparto, decretos, cheques complementarios a provincias para calmar crisis salariales o por deuda y una transferencia continua de fondos coparticipables a favor de la Nación. El impuesto al cheque es sólo un pequeño ejemplo de esa maraña de desviaciones de fondos que hoy constituyen la Coparticipación Federal en el país.
• Para el PRO meterse en esas profundidades no es sólo un juego de poder, sino el único camino para avanzar con un Congreso donde el peronismo se quedó con suficiente poder de veto para complicar a Macri.
Cambiemos es fuerte en Diputados pero menos que el peronismo que acaba de dejar de ser oficialista aunque reúne casi 90 bancas provinciales. Así, ese grupo de radicales, macristas y representantes de la Coalición Civica podrá apurar proyectos que le pida la Casa Rosada sólo si cierran acuerdos con otras fuerzas. El ganador de ese armado es Sergio Massa con un bloque propio que puede hacer la diferencia.
• Ese es sólo el arranque de esta era en Diputados. Nada garantiza que la foto vaya a mantenerse sin alteraciones en el corto plazo. El peronismo, que ya no es kirchnerismo, tiene demasiados subloques reales como para pensar en que podrá mantenerse unido durante mucho tiempo. Los 30 diputados de La Cámpora poco tienen que ver en sus prioridades con el resto de la bancada que debe responder a los intereses financieros de sus provincias y a la supervivencia de sus gobernadores, los mismos que Macri logró sentar a almorzar en Olivos en el primer fin de semana de sus mandatos.
• En el Senado, la situación es distinta. Allí no hay acuerdo posible entre fuerzas no peronistas que permita hacerse del control. La mayoría que el PJ oficialista tiene allí es absoluta, pero también lo es el ansia de subsistir de esos senadores y sus gobernadores. En el final del Gobierno de Cristina de Kirchner ya le dieron señales a su entonces jefa de ese futuro de disidencias y negociaciones.
• Está claro que el Congreso que llegó en este 2015 no vivirá sujeto a todo capricho del Poder Ejecutivo como sucedió en los últimos 12 años de inexistencia alguna de independencia. Todo será negociación y hay que esperar, inclusive, alguna rebeldía por parte de socios de Cambiemos, como planteos del radicalismo, por ejemplo. Frente a ese escenario el Gobierno decidió tomarse tiempo y anunciar, por ahora, que no habrá sesiones extraordinarias, a pesar de las decenas de leyes que deberán votarse para poner en marcha los anuncios de campaña de Macri, desde los cambios en impuestos hasta ajustes en el imposible Presupuesto 2016, que a la fuerza Cristina de Kirchner hizo votar para complicar aún más a Macri. Hasta marzo el Gobierno tiene tiempo: los DNU y el poder para usarlos quedaron intactos, a pesar de que el PRO diga no querer usarlos para diferenciarse, también con eso, de los abusos del pasado.

