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Una orquesta brillante
En su primera gira sudamericana, la Austro-Hungarian Haydn Philharmonic (Österreichisch-Ungarische Haydn Philharmonie en el original), fundada en 1987, llegó al Teatro Colón con Nuova Harmonia. Si bien su especialidad es el período clásico, el repertorio de esta agrupación no desdeña otros, y su sonoridad límpida es como un lienzo sobre el que es posible imaginar una multiplicidad de matices.
En esta oportunidad el director y solista en piano fue el alemán Alexander Lonquich. Aun a riesgo de caer en el lugar común, es menester decir que esta orquesta maravillosa posee un sentido camerístico tan profundo (en el sentido de la empatía musical y atención permantente entre sus integrantes) que es difícil evaluar el desempeño de Lonquich como director. Por lo pronto, puede decirse que algunas de sus actitudes resultan exageradas, como la de ponerse de pie para dirigir los pasajes puramente orquestales del Concierto n° 25 de Mozart. Fue su desempeño al piano, con un sonido neto, un fraseo siempre inteligente y una musicalidad a toda prueba, donde brilló con más fuerza, sumando además su experiencia y talento como pianista de cámara. Curioso resultó el orden del programa, que comenzó con la muy clásica Sinfonía n° 5 en Si bemol mayor de Franz Schubert y culminó con la Sinfonia n° 92 en Sol mayor, "Oxford", de Joseph Haydn, en uno de cuyos ámbitos de creación, el Palacio Estérhazy de Eisenstadt, tiene su sede la Orquesta. Desde los primeros compases el conjunto dejó escuchar una claridad notable manifestada en la depuración de cada línea, una administración del vibrato conforme a necesidades expresivas y un balance perfecto de sus diferentes secciones. Sin retacear nada a la hora de los bises, el ensamble mostró que la fidelidad a un estilo, a un sonido y a una idea son los medios más eficaces para la transmisión de un mensaje musical.


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