3 de mayo 2011 - 00:00

Una postura que cuesta entender

El sábado pasado fue uno de esos días en los que hubo que tener verdadero deseo de ver rugby en vivo. Estaba lluvioso, oscuro y embarrado. Había mejores opciones en casa, pero como normalmente hago, decidí seguir a mi club.

Llegar a donde jugaban de visitante fue riesgoso. Requería de recorrer unos dos kilómetros en una calle totalmente embarrada; un par de autos todavía deben estar empantanados.

Al llegar a la puerta de acceso del club, de manera muy amable me pidieron que pague el estacionamiento y la entrada. Veinte pesos para la primera, veinte para la segunda. Dos papeles distintos, numerados y con la frase «bono contribución» por encima del escudo y nombre del club anfitrión.

Con la primera persona que me crucé al bajar del automóvil y meter mi pie derecho en una pileta de barro, empapando mi calzado, fue un dirigente de la Unión de Rugby de Buenos Aires, ex presidente del club en el que estaba. «¿A esto ustedes llaman defender el rugby amateur? ¿Cobrar 40 pesos y a cambio no dar ninguna comodidad?...», espeté curioso.

Admito acá que no estaba contento. No por haber tenido que pagar -tengo la credencial de periodista que al no estar allí en funciones preferí no mostrar- de hecho, ahora que escribo del tema, podría haberla usado. Lo que no tolero es que me cobren y luego no me ofrezcan comfort alguno a cambio. A eso lo llamo donación.

No tengo que decir que el partido lo vi parado ya que los pocos asientos de dos tribunas pequeñas ya estaban ocupados. Por suerte, el cielo gris no descargó la lluvia que prometía.

«Estás colaborando para el desarrollo del rugby de mi club...» fue una de las explicaciones después de la formalidad del saludo y de mi pregunta.

En realidad, yo colaboro con el desarrollo de mi club, pagando cuota social y trabajando en distintas funciones ad honorem. La verdadera razón de hacer deporte competitivo es intentar ganar. Para eso estaba mi equipo allí. Entonces... ¿por qué querría yo colaborar con el desarrollo del rival?

«No cobramos el máximo que permite la URBA... ¡se puede hasta 25 pesos!...», fue otra de las explicaciones.

No estoy en contra de que se cobre si voy a poder disfrutar de alguna comodidad y esto no es contra el club al que fui. Es algo que pasa en todas partes. Mi club no tiene el estadio de Twickenham para recibir a sus rivales. Acá el tema no es que se cobre una entrad sino que no se ofrezca siquiera la posibilidad de ver el partido sentado. Este es un mal endémico de todos los clubes porteños salvo tal vez el CASI, con tribunas para miles de espectadores, y ahora La Plata.

El tema es que los clubes rápidamente cobran entradas (el estacionamiento es otra cosa) pero sólo ofrecen el partido sin comodidad alguna. Entonces, si pago por ver lo que sucede adentro del campo de juego, cuesta entender por qué está tan radicalizada la postura de que no ingrese el dinero al rugby. Parece una doble moral.

En un fin de semana en que los jugadores que están subsidiados para jugar al rugby volvieron a las canchas, son muchas las preguntas. Probablemente este espacio debería haber tratado sobre eso. Pero, al fin y al cabo, estamos hablando de dinero y lo que ese dinero puede o no darle a los espectadores.

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