20 de febrero 2013 - 00:00

Una visionaria Némirovsky

Una visionaria Némirovsky
Irène Némirovsky «Jeza-bel» (Bs.As., Salamandra, 2013, 190 págs.) 

«A una mujer no se le pregunta la edad», suelen contestar algunas mujeres cuando se le pregunta. Esa respuesta, impulsada en el desesperado anhelo de que los demás no sepan su edad verdadera, es lo que finalmente llevará a juicio a Gladys Eysenach, un mujer madura excepcionalmente hermosa, acusada de haber asesinado a un muchacho de veinte años, que para unos era un presunto amante despechado, y para otros un delincuente de poca monta que se coló en la mansión de una dama que gustaba alardear de su riqueza.

Nacida como Gladys Burnera, en La Paloma, Uruguay, hija de un adinerado armador, luego de una infancia viajera, se casó con el financista estadounidense Richard Eysenach, y al enviudar unió los millones de su marido con los heredados de sus padres, volviéndose una mujer de fortuna decidida a brillar en reuniones y fiestas del jet set internacional con base en París, en la época previa a la Segunda Guerra Mundial. Y no tiene otra preocupación que despertar la envidia de las mujeres y seducir a hombres, a los que ve como trofeos que halagan su brutal narcisísmo. Su mayor trofeo es un conde italiano, que le propuso matrimonio y ella le permitió ser sólo su amante, pero años después está desesperada de celos por la posibilidad de que caiga en la redes de otra mujer, más joven, desde ya.

Deslumbrada por el lujo, Gladys apenas se ocupó de su hija, Marie-Therese, que considera un pecado de juventud y cuya infancia entrega a manos de niñeras y profesores.

El lector comienza a saber de su infancia, su exilio, su matrimonio, las difíciles relaciones con su hija, con el hijo de ella, de su fama de femme fatale, su desesperación por mantenerse eternamente joven, en el juicio por el crimen que cometió, donde se airea su vida impúdicamente. Este recurso de intriga policial usado por Irène Némirovsky en 1936 fue utilizado más tarde por novelistas franceses que se volvieron enormemente populares conquistando al público femenino, lo que los llevó a ser best sellers internacionales, como Guy des Cars.

Esta metafórica Jezabel no se corresponde con la princesa fenicia, que como Reina de Israel, hizo adorar a un dios pagano. Apenas tiene algún rasgo en común con la película «Jezabel, la tempestuosa» con la que Bette Davis, ganó un Oscar dirigida por William Wyler.

Algunos sostienen que la «Jezabel» de Némirovky tendría que ver con la madre ocultadora y cínica de la obra «Atalia» de Jean Racine.

Nacida en Kiev, en 1903, hija de una adinerada familia a la que la Revolución Rusa hizo exiliarse en Francia.

Némirovsky estudió Letras en La Sorbona. Con su primera novela, «David Golder», que fue llevada al cine, alcanzó un éxito inmediato. Cuando los nazis ocupan Francia, es deportada por su origen judío, aunque se había convertido al catolicismo unos años antes. En el campo de concentración de Auschwitz, en 1942, es asesinada junto a su marido. Las hijas de Irène Némirovsky guardaron el manuscrito de su novela «Suite francesa», que al publicarse en 2004 fue un suceso de crítica, que la consideró heredera de Dostoievski, y de público, que la volvió autora de culto. Hay un curioso paralelísmo con Sándor Márai, otro extraordinario escritor nacido en Europa oriental, redescubierto muchos años después de su muerte. «Jezabel» es entre las novelas de Némirosky una obra menor que se lee con interés, y que expone en forma visionaria un delirio que se ha vuelto algo normal en nuestro tiempo, el objetivo de verse permanentemente joven.

M.S.

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