10 de noviembre 2015 - 17:36

Vidal duda sobre si Buenos Aires necesita un jefe de gabinete

María Eugenia Vidal
María Eugenia Vidal
El macrismo registra el síndrome Don Juan. Hasta el 24 de octubre, su horizonte laboral de cada clan o dirigente mutaba según el vínculo con Horacio Rodríguez Larreta y, los menos, a un refugio legislativo en un bloque numeroso pero frágil.

El 25-O todo cambió: no solo apareció la inmensa parcela bonaerense que ganó María Eugenia Vidal con sus más de 2.500 cargos políticos para repartir y "llenar"- sino que se agregó la expectativa de adueñarse, además, del premio mayor: la presidencia.

Como galanes selectivos, inesperados don Juanes criollos, los macristas se entregan a carambolas triples. Un caso testigo: Cristian Ritondo será ministro de Seguridad bonaerense, por su relación de cercanía con Vidal y su software en peronismo y policías, pero antes aparecía como hombre puesto para ejecutar la transferencia de la Metropolitana y sonó para ocupar el despacho que Oscar Parrilli tiene en la AFI, la ex SIDE.

Ritondo será ministro porque Macri se lo pidió y se lo pidió porque entiende que si llega a presidente, la gobernabilidad la dará la calma bonaerense y para administrar esa calma, la Bonaerense es primordial. El peronista que hace una década está con Macri encarna otro axioma: no se obstinó con un cargo legislativo y, ahora, cuando se abre un mundo de posibilidades ejecutivas, Macri lo recompensa. O algo parecido.

Con Esteban Bullrich, ministro de Educación porteño, ocurre algo parecido: rankea para la Nación pero podría, llegado el caso, aparecer en la grilla bonaerense en persona o a través de delegados.

Pero Macri blindó, más allá de algunos nombres, el staff que lo escoltaría si es presidente. Y, lo más trascendente, mandó a congelar confirmaciones y designaciones en Capital y en PBA. "Hasta que pase el 22 todo en suspenso" avisan en el PRO y anticipan que si, como esperan, Macri gana fijará un ordenamiento integral de las áreas y los nombres de Nación, Capital y Provincial. Eso anticipa, por un lado, un intento de evitar tensiones y conflictos entre los ministerios de cada nivel pero, a la vez, pronostica una hipercentralidad. Néstor Kirchner, más que Cristina de Kirchner, intentó tener en su puño la suma de los poderes territoriales pero no pudo, como podría tener Macri, referentes de su propio riñón en las dos principales administraciones.

Ni Felipe Solá ni Daniel Scioli, ni Aníbal Ibarra o Jorge Telerman fueron lo que Larreta y Vidal pueden ser para un Macri presidente. Por autonomías, por pertenencias previas o por celos, los gobernadores bonaerenses y jefes de Gobierno porteños cercanos a los Kirchner jamás fueron puros.

Eso habilita el concepto de una sola terminal, Macri, para administrar las tres ventanillas. Toda una curiosidad histórica.

Vidal, a quien el mundo político asume como una revelación electoral y observa con cierta fascinación -el teléfono de la electa recibió llamados impensados, quizá la otra cara del fenómeno que multiplica las críticas sobre el manejo político y electoral de Cristina de Kirchner es la síntesis de lo impensado: cuando armaba su equipo de campaña, los top no se interesaban y le mandaban subalternos porque nadie, en el PRO, la imaginó ganadora. Ella, así y todo, caminó la provincia con el objetivo de colaborar para que Macri llegue al balotaje.

Lo demás lo hizo el FpV que demostró una magistral capacidad para construir su propia derrota.

Vidal confirmó, entonces, a Hernán Lacunza y tendrá a Federico Salvai como un actor clave. Flota, todavía, la presunción de que podría proponer una reforma de la Ley de Ministerios para eliminar la jefatura de Gabinete, cargo que en la era sciolista centralizó el manejo en Alberto Pérez. Lo mismo, a propuesta de Macri, podría hacer Rodríguez Larreta en Capital.

En Nación, en cambio, la jefatura es un cargo constitucional, producto de la reforma de 1994, y a lo sumo Macri, si llega a presidente podría convertirlo en una oficina hipertécnica. La rareza es que Marcos Peña, que sintetiza política y gestión, haya sido anunciado para la secretaria general, una especie de mayordomía con cercanía y poder de influencia sobre el presidente.

Ernesto Sanz s
ueña con que Macri premie su aporte para acercarle la UCR y lo nombre en el cargo que hoy tiene Aníbal Fernández. Otras voces mencionan para ese lugar a Rogelio Frigerio, que no iría a Economía, lugar donde se afirma que Macri prefiere a Alfonso Prat Gay, que a su vez se sentiría más cómodo como canciller. El ministro económico que viene podría ser el Jorge Remes Lenicov versión 2016: es decir, ejecutor de las medidas drásticas y un posible fusible que le allane el camino a su sucesor.

Pero, a la vez, si la lógica de Macri es un esquema integral por área, Lacunza aparece ligado a Frigerio. El mismo interrogante cruza sobre Seguridad: con Ritondo en PBA, Macri seguirá con Guillermo Montenegro, como se afirma, o pondrá en la cancha a un histórico de su espacio como Eugenio Burzaco. El esquema, en otros rubros, se repite. Francisco "Pancho" Cabrera, ministro de Desarrollo Económico porteño, es coordinador de proyectos y planes en materia de infraestructura y cada vez que, en sus viajes, Macri se topa con algún pedido de obras lo consulta con Cabrera para saber si está contemplado y cuál es su factibilidad para salir, o no, a prometerlo. Con ese back, "Pancho" Cabrera suena para Planificación pero, a la vez, se mira a la provincia como parte de un esquema global.

"Tenemos la oportunidad de que las tres administraciones, en vez de estar en crisis, trabajen integradas"
dice el macrismo, festejando a cuenta.

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