- ámbito
- Edición Impresa
Visita al Louvre poco convencional

María Elena Walsh supo contar, muy divertida, las veces que le habían propuesto una idea genial para que la escribiera: en medio de la noche, las caja de los juguetes se abría y los muñecos tomaban vida. En ese tipo de ideas animístas, que parecen provenir del fondo de los tiempos, lo único que las puede transformar en atractivas es quien las cuenta y como las cuenta. Como Disney en «Fantasía». Como lo logró Manuel Mujica Laínez en «Un novelista en el Museo del Prado».
Exiliada desde hace 15 años en París, la cubana Zoé Valdés tiene entre sus paseos ir «desde las tumbas de Marcel Proust en el cementerio de Pere-Lachaise y de Serge Gainsbourg en el Montparnase hasta el Museo del Louvre. Un dia todo se junta como si hubiera programado un homenaje a dos escritores argentinos que la llevaron a escribir. Al regreso del entierro de Julio Cortázar, ella que siempre se sintió una cronopia, se interna en el Museo del Louvre, donde de pronto cree encontrarse con Mujica Laínez y «me gustaría tanto abrazarlo, confesarle cuanto lo ha leído, cuanto lo he amado». Porque en la Habana de los pocos libros, cada vez que le llegó «Bomarzo», «El Unicornio», «Un novelista en el museo del Prado», fue la fiesta de encontrarse con «el guardián de las palabras» capaz de revivir los personajes de Velázquez. En el prólogo de este libro Zoé Valdés parece pedirle permiso al autor de «La casa» para utilizar su fórmula en otro museo, en el Louvre pero hacerlo a la vez desde una perspectiva cortazariana, con un humor por momentos patafísico, magníficamente irrespetuoso.
Donde el «Cristo atado a la columna» de Antonello de Messina «aprovecha y se quita la corona de espinas, se libera de la soga del cuello» y sale a pasear «mezclándose con el público piropea a las jóvenes debutantes de la facultad de Bellas Artes, prueba un café en la máquina nueva y le saca la pelota a un chico que se ha quedado como un lelo ante la teta pálida de la Psique de Francois Gérard». De pronto ese Cristo parece haber pasado a formar parte de esa familia delirante de la calle Humboldt, en el barrio de Palermo, que era modelo de clan de cronopios según Cortázar.
Lo curioso es que Zoé Valdés, partiendo de esos dos argentinos, atosigando por momentos con información sobre los cuadros digna de una guía turística, logra mantener esa voz propia que la ha colocado en un lugar relevante, la de «Te di la vida entera», la de «La nada cotidiana», la de «Lobas de mar». Cada unos de estos 25 relatos tiene su sorpresa, como cuando la gordita de «La camisa levantada» de Fragonard salta del cuadro para tener sexo con la narradora.
M.S.


Dejá tu comentario