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Voto secreto, la clave de Moyano para seguir en CGT
Antonio Caló y Hugo Moyano, meses atrás durante una reunión del Consejo Directivo de la CGT. En julio, pueden ser rivales.
Es la clave. El camionero da por hecho que tendrá el respaldo mayoritario de los pequeños sindicatos, que representan más de un tercio de los votos cegetista, pero admite que se trata de organizaciones vulnerables que podrían quebrarse ante la presión de la Casa Rosada.
Por estatuto, la CGT vota a su cúpula a través de los delegados que cada sindicato envía al congreso de elección de autoridades. Aunque en los últimos años la jefatura cegetista se eligió por acuerdo y a mano alzada, el voto es individual y secreto.
El éxito del plan Moyano está atado a ese mecanismo. Se trata de una ecuación que combina cálculos con conductas. El moyanismo cuenta como propios a la mayoría de los sindicatos pequeños que aunque en promedio tienen 5 votos conforman una legión en la CGT.
Datos: de los 213 gremios que forman parte de la central -y podrán votar en el plenario general del 12 de julio- unos 180 están en el rango de los cinco congresales. El camionero dice que el grueso de ese bloque respalda su reelección y votará en ese sentido.
La estimación moyanista es lineal. En CGT intervienen 2.200 congresales. Los gremios chicos representan entre el 35% y un 40% de los votos. Es decir: si Moyano cristaliza el apoyo de ese pelotón y suma un puñado de gremios grandes tendría la reelección asegurada.
En ese aspecto, además de Camioneros, el jefe de la CGT tiene acuerdos sólidos con UATRE de Gerónimo «Momo» Venegas y empatía con, entre otros gremios, La Bancaria que durante décadas administró Juan José Zanola y ahora domina el mendocino Sergio Palazzo.
Otros sindicatos están en zona incierta. Amadeo Genta, de Municipales, participó el martes pasado de un cumbre de conspiradores contra el camionero. Los anti-Moyano lo cuentan como propio. En la cercanía del camionero sostienen que el porteño jugará con ellos.
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En equilibrio aparecen también Omar Maturano de La Fraternidad y Omar Viviani de taxistas. Son aliados de Moyano, pero operan como enlace con los demás grupos y mantienen puentes fluidos con la Casa Rosada. El comportamiento de esos sectores es esencial para desbalancear.
La ambigüedad no puede durar por siempre. El Gobierno tildó a Moyano como enemigo aunque, hasta ahora, su intervención en la interna de la CGT fue relativa. El metalúrgico Antonio Caló rankea como candidato cristinista, pero la operación K a su favor todavía es tenue.
Algo está claro. Tarde o temprano, la Casa Rosada se meterá en la pulseada por una razón sencilla: sea como fuere, con o sin intromisión del Gobierno, si Moyano logra su reelección por otro mandato en la CGT se interpretará como una derrota de Cristina de Kirchner.
Sobre esa lectura, el moyanismo sospecha que el kirchnerismo, seguramente sobre el tramo final, se zambullirá en la interna para diezmar el armado de Moyano. Y entienden que el eslabón más fragil son los gremios chicos, nicho que el camionero considera propio.
Por eso, al avisar que no bajará su candidatura ni aceptará una conducción colegiada como proponen sus críticos, el jefe de la CGT apuesta a una votación individual y secreta el 12 de julio donde, en definitiva, los «congresales voten sin temor a represalias» contra sus gremios.
Hay una etapa previa: que los dos sectores en pugna, el moyanismo y los que, a priori, aparecen alineados detrás de la postulación de Caló, acuerden los términos para competir en el Congreso del 12 de julio. La última experiencia, en 1989, derivó en una fractura.
En la UOM son más dramáticos: advierten que una elección con dos listas puede terminar en escándalo.

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