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Waissman acrecienta su imaginario simbólico
Figura emblemática del universo simbólico del arte contemporáneo, Andrés Waissman inauguró su instalación «Cubo Amarillo» en la galería Gachi Prieto.
Waissman es una figura emblemática del universo simbólico del arte contemporáneo. Trabajó en el taller de Antonio Seguí en 1978 en París. En 1984 se radicó en San Francisco, EE.UU., donde desarrolla una extensa carrera internacional.
Hace una década atrás, Waissman presentaba la instalación «Sálvese quien pueda», una serie de escaleras que no llevaban a ningún lado. La obra, en la cual ciertos elementos cotidianos adquirían significados distintos a los de su origen y uso, rescataba la imagen de una sociedad que no se mira, que no se detiene, que apenas duda, envuelta en el vértigo de una vida azotada por los medios de difusión.
Grandes multitudes desfilan por algunas de sus obras. En «El último héroe a fin del milenio», masas compactas rodean una estatua, en tren de culto, olvidadas de un ser humano que cuelga de una horca, en el plano del fondo, con los brazos en cruz. Pero, ¿quién es el héroe? ¿y por qué es el último? Este adjetivo aparece en otra de sus telas, «Las tres ultimas naves»: todo tiene el aspecto de una competición de remo, aunque esas tres naves se ven atosigadas de remeros, como si la muchedumbre se hubiere trasladado, en parte, a las embarcaciones. Sin embargo, hay otra multitud que también agita banderines de colores, en la costa, una extraña costa limitada o señalada por un no menos extraño paredón, en cuya parte superior tres personas levantan los brazos al cielo. ¿Son las últimas tres naves que quedaron en carrera? ¿Son las que llegarán en los lugares postreros?
El pintor, por cierto, no ofrece respuesta: ofrece, como todo artista cabos de discusión, en sentido de preguntas, las propias y las de sus espectadores. Pero también las de estas masas y estas figuras solitarias que se reiteran en sus óleos. En tal sentido, la ciudad universal resulta ilustrativa: es un corte transversal, como en el diseño de un arquitecto. Por encima de todo, unas rocas, algunos árboles, largas filas de seres humanos y el cielo (¿el cielo?); en los niveles sucesivos, que semejan los pisos de una construcción estrafalaria o los estantes de un armario insólito, hay más filas de gente, cuyo número aumenta hasta alcanzar una presencia nutrida en el centro de la tela, en cuya zona inferior vemos una serie de pinturas. El espectáculo es sobrecogedor y, a la vez, transpira sarcasmo. La certeza de lo frágil, lo incompleto, lo absurdo, lo inexplicable alienta en esta rara estampa urbana.
En la muestra que presenta en Gachi Prieto, expresan tanto el artista como la curadora que «trabajaron el estado de conciliación, estableciendo la obra como unaserie de eslabones de una cadena y no pedazos de una vida estructurada en estadios creativos. El futuro tiene una virtud fundamental, y es precisamente, su no existencia concreta, por eso todo sucede a través de éste cubo amarillo que nos instale el artista. Una gran pintura, una serie de dibujos, algunos objetos símil-animales salvajísimos, barrotes finos, pelos de acero y una luz cuidadosamente dirigida, son las piezas de esta escena. Agujeros de todo tipo aparecen dibujados simétricos y asimétricos, agujeros que dibujan caótica y geométricamente. Agujeros en la escena son espacio que se abren entre el caos de acero y el orden simétrico de lo que en algún momento fueron jaulas y en ninguno de ellos entra «El Cubo amarillo».
En una gran pared está «La Resistencia de la virulana». Es una obra majestuosa construida en su totalidad de lana de acero, es decir, la virulana que representa los desechos industriales. Una vez que se procesa la materia prima en las fábricas queda como regazo esta virulana que nos induce a muchos interrogantes. Además abre caminos hacia la representación y el origen y destino de las cosas.
Por todo lo expuesto cabe la definición de Baudrillard: «el mundo se traiciona por las apariencias, que son las huellas de su inexistencia, las huellas de la continuidad de la nada».


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