Welsh: "Hoy el mundo está viviendo una especie de peste psíquica"

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DIÁLOGO CON IRVINE WELSH SOBRE SU NOVELA "UN POLVO EN CONDICIONES" - El autor de “Trainspotting”, que cerró el Filba -como informamos ayer-, se refirió a algunas particularidades de su literatura de “transición”.

"Cuento lo que observo y lo que pienso de un mundo donde va desapareciendo el trabajo, donde a la gente se le impone consumir pero ya no tiene dinero, y donde a la vez están los inmensamente ricos", dice el escritor escocés Irvine Welsh, que vino a presentar su novela "Un polvo en condiciones" ("A decent ride", Anagrama) en el FILBA (Festival Internacional de Literatura de Buenos Aires), y que cerró el encuentro -como informó ayer este diario- como DJ en Niceto Club. Con "Trainspotting", su primera novela, que fue llevada al teatro y el cine, Welsh logró ser best seller aún entre quienes no leen libros. En estos 25 años su fama no ha dejado de crecer con nuevas novelas, cuentos, obras de teatro y guiones de cine, y fundamentalmente con su espíritu provocador. Dialogamos con él.

Periodista: ¿Pensó en Donald Trump presidente cuando creó su personaje Ronald Cheker, un empresario inmobiliario estadounidense y conductor de un reality show, que va a Escocia para comprarse un whisky exclusivo y carísimo?

Irvine Welsh: Cuando escribí "Un polvo en condiciones" Trump no se había postulado para presidente, pero miré algunos tuits suyos y pensé "este tipo es tan tonto que si se postula a presidente lo van a votar". Estamos viviendo una era donde la tontería es la ideología dominante. Bertrand Russell explicó que el problema de la humanidad es que los inteligentes viven llenos de dudas mientras los tontos viven llenos de certezas. Para llegar a tonto hay que sumar convicciones. La idiotez es el nuevo credo político. Cada país trata de encontrar a quién la encare, lo elige y después lo odia, pero como encarna la filosofía global del siglo XXI, la que ha remplazado al capitalismo y al socialismo, lo sigue votando. Y bueno, es nuestro tiempo. Volviendo a Tump, es curioso, oigo que en la Argentina pronuncian tramp (vagabundo) como trap (tramp, trampa), ¿por qué es?

P.: ¿El género literario que usted ha elegido es la provocación?

I.W:
Yo siempre trato de provocarme a mí mismo. Es una gimnasia saludable. Si no reacciono al provocarme, sé que no voy a tener una reacción en los otros.

P.: ¿La provocación es uno de los rasgos típicos de la marginalidad?

I.W.:
En mi caso, crecí como un punk en Edimburgo, luego en Londres. Viví con los principios de la década del 80, y aún con lo que todo se remonta a esos tiempos. En esa época uno buscaba provocarse a sí mismo, desafiarse, enfrentar retos, y a la vez hacer reaccionar a los otros, provocarlos. Eso es algo que siempre vivió conmigo.

P.: ¿Sexo, drogas y rock and roll?

I.W.:
No. Si bien crecí en el universo del rock, nací en el mundo de los barrios obreros. Mis libros hablan sobre todo de la desindustrialización, señalan una cuestión social que es clave, muestran la transición de un tipo de sociedad a otro tipo de sociedad. Y las drogas como epidemia indican -acaso son el corolario- de la transición de esos dos tipos de sociedades. La transición del feudalismo al capitalismo estuvo marcada por la Peste Negra. En este momento se está viviendo otro tipo de peste, una especie de peste psíquica que marca la transición del capitalismo al conceptualismo. Se dejan de producir bienes físicos, productos de consumo, eso lo hacen ya las máquinas, ahora la cosa pasa por lo intelectual, lo mental. Un trabajo que es abrumador. Por eso la peste negra de estos tiempos tiene que ser una peste del lado psíquico, una peste que busca el encierro y la expansión que pueden ofrecer las drogas. Por eso lo de sexo, drogas y rock and roll no es una consigna, un guiño, y menos una causa, es una consecuencia más de la transición en la que estamos metidos.

P.: Muestra una sociedad ansiosa por consumir pero donde hay cada vez menos trabajo.

I.W.:
El consumismo es la última carta que tiene para jugar el capitalismo, pero la realidad es que no se puede seguir con una falta progresiva de puestos de trabajo. Si no hay trabajo la gente no tiene plata para adquirir bienes. Y se está yendo hacia una sociedad donde no va a haber sueldos. Estamos pasando cada vez más a bienes cuyo costo de producción está siendo igual a cero. Lo mismo sucede con los sueldos. Se está desmoronando la sociedad basada en sueldos y ganancias. Hoy algunas industrias están dependiendo puramente de la publicidad. ¿Qué pasa con el mercado cuando el gasto de los consumidores se reduce? El consumo depende del ingreso disponible. El sistema no se está sosteniendo y eso está generando una crisis existencial de la humanidad. Por eso florece el pelotudismo. Y si la gente lo acepta porque no sabe qué hacer. Busca a quienes le digan que estamos viviendo tiempos mejores, aunque eso no sea cierto. Perdón, se me escapa el economista. Bueno, mis novelas también hablan de eso.

P.: ¿Por caso a partir de un taxista, actor porno, que sufre incapacidad sexual?

I.W.:
La premisa de mi nueva novela fue la frase de Aldous Huxley: "un intelectual es alguien que ha encontrado algo más interesante que el sexo". Eso es lo que le pasa a Terry, el protagonista. Pierde su capacidad sexual y empieza a volcarse a cosas como la literatura, la cultura, la alta intelectualidad. Dependemos de los químicos naturales que viven en nuestro cerebro, la serotonina, la adrenalina, las endorfinas. Las drogas no nos aportan algo nuevo, activan las drogas que están en nuestro interior y que pueden ser activadas de muy diversos modos. Somos prisioneros de nuestros químicos internos que pueden volver a una mujer loca y a un hombre un imbécil capaz de un moco gigantesco. Pero se puede usar esos estímulos naturales que tenemos para ejercer la creatividad, para darle sentido a su vida.

P.: ¿Los cambios de las mujeres le van a cambiar lo nuevo que va a escribir?

I.W.:
Luego de "Un polvo en condiciones", publiqué las novelas "The blade artist" y "Dead men's trouses", no sé si eso ya se manifiesta ya en esas novelas, supongo que sí. A medida que el mundo cambia, la literatura cambia de la mano.

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