17 de septiembre 2004 - 00:00

"A todo o nada": duro cuadro de desdicha

La familia protagónica de «A todo o nada», otra exploración de los vínculos en el seno de la clase media baja británica del director de la excelente «Secretos y mentiras».
La familia protagónica de «A todo o nada», otra exploración de los vínculos en el seno de la clase media baja británica del director de la excelente «Secretos y mentiras».
«A todo o nada» (All or Nothing, G.Bretaña, 2001, habl. en inglés). Dir. y guión: M. Leigh. Int.: T. Spall, L. Manville, A. Garland, J. Corden, M. Bailey.

Después de la leve «Simplemente amigas» y esa luminosa biografía del famoso dúo de compositores de operetas Gilbert y Sullivan que era «Topsy Turvy», con este film estrenado tardíamente en la Argentina (ya debería estar llegando «La vida secreta de Veronica Drake» reciente premio principal en Venecia), Mike Leigh volvió al ambiente y los temas de «Secretos y mentiras»: los vínculos personales dentro de la «working class» británica.

«A todo o nada»
confirma el talento de este director para explorar en lo social sin discursos reivindicatorios. Antes que denunciar las causas, su cine se detiene en las consecuencias de la pauperización material y espiritual sobre quienes la padecen, pero fundamentalmente habla de la angustia existencial, no sólo dentro de la clase proletaria.

En este caso, se trata de una familia compuesta por un taxista, una cajera de supermercado y dos adolescentes obesos. Sus amigos y vecinos completan el cuadro de profunda infelicidad. Entre los secundarios, hay una alcohólica a niveles alucinatorios, una chica embarazada de un energúmeno que la denigra y golpea, un anciano patéticamente libidinoso, una especie de disminuido mental obsesionado con una vecinita en apariencia sin moral, pero efectivamente sin norte (ella es la síntesis perfecta de lo que Leigh quiere significar).

Casi sin anécdota -vale decir, que ésta es una película en la que «no pasa nada»-, Leigh empieza por seguir en sus rutinas cotidianas a los personajes principales y corales, los que trabajan y los que no quieren o no pueden hacerlo, hasta juntarlos en tristísimas escenas familiares.

La tristeza campea en casi toda la película, mediada por los brillantes actores que Leigh conduce con mano maestra y su ya famoso método stanislavskianode hacerlos improvisar antes y durante el rodaje. Entre ellos se destacan Timothy Spall (el hermano abúlico de «Secretos y mentiras») como el taxista buenazo y filósofo, quien tiene a su cargo una escena que conmueve hasta a las piedras, y la extraordinaria Ruth Sheen, en el único personaje que conserva cierta alegría de vivir.

Al final, mediante una enfermedad que oficia de herramienta para que aflore lo subyacente, Leigh fuerza un poco las cosas para alivio del espectador. Ese desenlace y el escaso humor (que viene una sola vez, y desde afuera, con una pintoresca pasajera francesa del taxi de Spall) no alcanzan para restar interés a este film notable.

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