25 de marzo 2004 - 00:00

Acertado regreso de Burman a la buena picaresca nacional

Melina Petriella y Daniel Hendler
Melina Petriella y Daniel Hendler
«El abrazo partido» ( Arg.- Esp.- Fr.- It., 2003, habl. en español, hebreo y coreano). Dir.: D. Burman. Guion: M. Birmajer, D. Burman. Int.: D. Hendler, A. Aizenberg, J. D'Elia, N. Erlich, S. Bosco.
 
Parece mentira que manteniendo en su mayor parte los planos cerrados,
Daniel Burman nos brinde un paisaje tan amplio, tanto de los personajes como del lugar bien representativo de la Argentina en que se ambienta su nueva comedia. Que es, de lejos, la más vecina al gusto del público general. Un poco larga, es cierto, pero muy grata, ágil, con diálogos sabrosos y unos intérpretes que ni pintados, empezando por Daniel Hendler.

«El abrazo...»
es un poco una comedia de costumbres sobre la trastienda de los comerciantes de una vieja galería del Once, sufridos pícaros que se las ingenian para sobrevivir, donde hay de todo, incluso coreanos que sólo se hacen entender en coreano y cultivan una hermosa (para algunos inútil) historia de amor, viejos que nadie sabe de qué viven porque apenas hacen un peso, jóvenes que todos saben de qué viven porque cambian pesos, la típica empleada bonita que se divierte sin culpa (deliciosa interpretación de Silvina Bosco), un rabino digno del varieté, como que lo encarna Norman Erlich, y hasta un cabecitacriollo que usa el kipá y compite con un peruano, en un desafío de galerías comerciales, a cual más desastrosa.

Esto, por citar sólo algunos ejemplares de la extensa fauna que aparece en la película. Solo faltaría anotar a los negros de bijuterías emparaguadas surgidos en los últimos años, que ya están integrados al paisaje, aunque quizá todavía no estén integrados con sus habitantes.

Pero acá no hay sólo una pintura de ambiente. También hay otra clase de trastienda, la de la familia del personaje protagónico,que es nuestro guía, y al mismo tiempo el más necesitado de orientación para la vida. En tono humorístico (un humor cariñoso más bien irónico, que prefiere pasar rápido por las cosas, porque si se detuviera un poco habría que ponerse a llorar), nuestro personaje describe las aflicciones de un hombre joven, molesto con su vida y sus parientes, que busca torpemente el modo de mandarse mudar, huyendo no sólo de una vida sin mayores posibilidades.

En ese transcurso, sin resolver casi ninguna de sus inseguridades, sabrá que su madre, entrañable Adriana Aizenberg, también tiene (peor aún, tuvo) derecho a buscar consuelo fuera de casa, que su padre se fue no precisamente a la guerra como le habían contado, que ahora vuelve, tras una vida de abandono, y que, por más enredos que uno tenga en la cabeza, una reconciliación siempre vale la pena.

Este asunto daría para un melodrama. Burman lo hace divertido.Y todo se conjuga, incluso la razón de un montaje medio epiléptico y modernoso, que hace avanzar la historia, y se asienta cuando corresponde. Vale la pena.

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