El Ballet Estable del Teatro Argentino estrenó una coreografía sobre la quizá más bella creación de la música argentina contemporánea, «Estancia», de Alberto Ginastera. El diseño coreográfico de Oscar Aráiz lleva el sello indiscutido de su personalidad.
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Luego de una breve introducción orquestal, se suman cuatro pinturas (como él las llama) que responden a los títulos de «Batalla», «Noche», «Doma» y «Malambo», con sus cambiantes caracteres, cuadros en los cuales Aráiz plantea un movimiento coral, sugestivamente vestido con vivos colores y con algunas reminiscencias gauche-scas, que no posee intenciones argumentales -aunque sí las tenía la propuesta original de «Estancia»-, sino que evoca atmósferas ligadas a la tierra y a nuestro folklore.
La escritura del coreógrafo es muy fluida, se organiza por grupos (a veces diferenciados por sexo) y referencia algunas temáticas más o menos expuestas en concordancia con el material sonoro, siempre con un lenguaje de danza contemporánea que no desmiente su sedimento clásico.
Los integrantes más jóvenes y flexibles del Ballet Estable respondieron eficazmente a los requerimientos del autor de la obra, en la que son destacables los vestuarios y las proyecciones lumínicas (estas últimas tomadas de la obra pictórica de Jose-fina Robirosa) para esta nueva visión de la «Estancia» argentina, pensada con el hálito poético del original ginasteriano, pero también rindiendo culto a la abstracción.
Curiosamente, el programa que se ofreció en homenaje a la epopeya de mayo se inició con obras de compositores norteamericanos (Gershwin, Barber y Bernstein) en ejecuciones sólo modestas dirigidas por Stefan Lano junto a la Estable del coliseo platense. Se la oyó mejor como sustento de la obra de Ginastera, sobre todo en el segmento final, el célebre «malambo», pieza básica de la producción del excepcional compositor argentino.
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