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• El flamante Museo de Bellas Artes de Neuquén que se inauguró a fines del año pasado, se apresta para recibir el viernes una muestra de Picasso. La exposición llegará a Neuquén en vuelo directo, sin escala de exhibición en Buenos Aires. Se trata de la «Suite Vollard», la más famosa serie de grabados del artista, que lleva el nombre de uno de sus marchands, Ambroise Vollard, quien le encargó a Picasso un centenar de obras que realizó entre 1930 y 1937, año en que pinta el «Guernica». En el delicioso libro editado en 1946, «Memorias de un vendedor de cuadros», Vollard dice que las formas cubistas figuran junto a obras que recuerdan a Ingres, y agrega que «cada nueva obra de Picasso escandaliza, hasta el día en que la admiración sigue al asombro». Poco antes de realizar la serie de grabados, el artista cumple 50 años, su genio es reconocido en el mundo, pero el Minotauro, como antes el Arlequín, transmite su ansiedad, melancolía, erotismo, a la igual que su curiosidad por la investigación de la forma.
• Gordon Matta Clark (Nueva York, 1943-1978), hijo del surrealista chileno Roberto Matta, es un artista de culto. Sus «Cuttings» (transformaciones de edificios mediante cortes o extracciones de fragmentos de edificios), o los « Photoglyphs» (secuencias fotográficas de graffiti en los trenes de Nueva York), forman parte de la importante producción de dibujos y fotografías que desarrolló durante su breve pero intensa trayectoria. El artista argentino Marcelo Flaibani, que reside en Nueva York, envió a este diario una carta de su amiga Jane Crawford, viuda de Matta Clark, quien cuenta que vendrá a Buenos Aires en febrero y le gustaría realizar una conferencia con diapositivas para difundir la obra de su marido. Pero hasta ahora, a los museos de Argentina no parece interesarles la propuesta. Matta Clark murió a los 35 años y con sólo una década de producción se transformó en un referente insoslayable del arte contemporáneo. Arquitecto como su padre, abrió el famoso restaurante Food en pleno Soho, y en 1975 realizó su obra mas conocida, «Pier 52» para el film «Day's End», en la cual cortó en el frente del Pier una especie de media luna. DONACIONES SIN CRITERIO
• A partir de una nota publicada en este diario, algunos artistas se arrepintieron -o perdieron la alegría, como reconoció Edgardo Giménez-de haber donado obras al Museo de Bellas Artes para integrar su colección. El status symbol que implica integrar la lista que conforma la colección del MNBA, dejó de ser tan prestigiante como los donantes creyeron en un principio, cuando supieron que la encabezaba el maestro Antonio Berni, con dos obras magistrales de 1971, «Robot de la Masacre de los inocentes», que merecerían un lugar especial y destacado. En la puerta del Museo flamea una bandera que anuncia «Donaciones 2004», pero el listado que figura en un folleto que se reparte gratuitamente no coincide con las obras que se exhiben, mientras algunos artistas como Carlos Gallardo o Héctor Giufré ocupan paredes completas con sus obras, las de los sesentistas Dalila Puzzovioy Juan Pablo Renzi no figuran en las salas. Luego, no se comprende el criterio curatorial de una muestra que resulta, al menos, confusa, ya que pretende abarcar artistas que van desde el siglo XIX al XXI, conocidos y desconocidos. Vale la pena aclarar que en el Bellas Artes trabaja la inteligente curadora María José Herrera, quien no hubiera cometido esos deslices.
• Según cuentan los artistas, el pedido de donaciones, «dado que la presente situación económica impide encarar por el momento una política de compras», como aducen, se comprendería si existiera un criterio para tal demanda. Es decir, Puzzovio dice que «si se aspirara a tener representada un época o movimiento determinado, como la interesante historia del Instituto Di Tella que todavía no está escrita, el pedido tendría sentido».
• Los sesentistas recuerdan que Jorge Romero Brest renuncia al cargo de director del Museo de Bellas Artes cuando le piden que acepte la donación de varias pinturas del artista Cesáreo Bernardo de Quirós, que él no consideraba importantes. Plantea entonces la disyuntiva: si la donación ingresa él se va. Luego de pasar por el Museo varios directores, recién ahora se exhiben. En su cuento «El duelo», Borges no deja pasar la oportunidad de mostrar sus preferencias estéticas.Valora la «secta» de artistas del movimiento Concreto que considera «injustamente olvidada». Y transmite la irritación que le provoca un artista que en los años sesenta pintaba unos « solemnes óleos (...) de gauchos tremebundos, de una altitud escandinava».
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