«París Marsella» (íd, Argentina, 2005, habl. en esp. y fr.); Dir.: S. Martínez. Documental.
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Hay quienes llevaron a la práctica algunos viajes imaginados por Julio Verne, en globo, tren, o submarino. Hay quienes rehicieron, libro en mano, las travesías de Alexander von Humboldt, Gato y Mancha, o Lawrence de Arabia. Y quienes aspiran a rehacer la aventura de los hermanos Stoessel entre 1926 y 1928, desde Pigüé a Nueva York, cuando en vez de Panamericana solo había selva, pedregales, y bandas armadas (bueno, esto último todavía se mantiene).
Menos autoexigidos, Sebastián Martínez y su esposa rehicieron, también libro en mano, el viaje de Julio Cortázar y Caroline Dunlop desde París hasta Marsella por la autopista, pero no en diez horas, como cualquiera se imagina, sino deteniéndose a descansar en todos los paradores del camino, como más de uno quisiera, cuando ve ciertas parrillas, o lindos bosquecitos, a pocos metros de la ruta donde solo se detiene para pagar peaje.
Claro que esto de parar en todos los lugares posibles (encima, casi todos iguales), a leer, tomar mate, charlar con la gente más diversa, y dormir, lleva su tiempo: 33 días, anotaron Cortázar y señora en su libro de viaje (y de adorno para sus lectores de entonces) «Los autonautas de la cosmopista».
Y 33 días se tomaron entonces Martínez y señora, durmiendo inclusive en la misma habitación que tomó el escritor en 1982, y buscando alguien que lo hubiera leído, o supiera de su paso por la vida. Hay una escena graciosa, al respecto. También hay otras, generalmente simpáticas, y siempre mostradas como apuntes al paso, o como instantáneas: por ejemplo, un francés muy caballero que ofrece a los argentinos una fruta y una flor, dos camioneros búlgaros convidando al almuerzo al aire libre, turistas japoneses quejosos, la mujer grabando el canto de los pájaros al borde del camino, y hasta un coro español entonando «La golondrina», de Serrade y Zamacois ( corresponde aclarar, porque varios sitios de Internet atribuyen este tema a Caetano Veloso).
Por encima de la instantánea, hay casi un capítulo con un viudo que invita a los viajeros a beber su vino al atardecer, se pone nostálgico, los despide, pero les sigue contando cosas. También hay alguna experiencia desagradable (ni en la Dulce Francia conviene dormir afuera) y, cuando tanto los viajeros como el público empiezan a pensar en otra cosa, llegamos a Marsella. Se ve una foto de Cortázar, acodado sobre un cartel de homenaje al escritor local y cineasta Marcel Pagnol. Y dan ganas de hojear de nuevo el libro, de lectura superficial, llevadera, y amable, características que también pueden aplicarse a esta película.
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