«Amalita», el retrato que le consagró a la empresaria el famoso
artista vanguardista Andy Warhol, y que forma parte
de las obras de exposición permanente.
Detrás de cada gran colección se esconde una historia personal, y la de Amalia Lacroze de Fortabat, que hoy abre sus puertas al público en el Dique IV de Puerto Madero, no sólo descubre las caprichosas preferencias estéticas de una amante del arte que atesoró todo lo que le gustaba sino, también, la de nuestro país.
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«Demoré mucho en hacer este museo, es la primera vez que vengo», dijo anteanoche Fortabat durante la presentación del Museo ante sus propios invitados. La decisión de fundar este espacio y darle un destino público a una parte de su colección la había tomado a fines de los años noventa. Pero «hacer un museo es una cosa complicada, no se tiene demasiada ayuda», aclaró la coleccionista y contó -en parte- sus diferencias con el arquitecto Rafael Viñoly y -también en parte- las circunstancias económicas que la llevaron a vender 20 pinturas impresionistas, algunas con calidad museística, entre ellas obras de Gauguin, Degas o Miró.
Como una metáfora de la crisis de 2001, Loma Negra, la fábrica de cemento que recibió una poderosa y acaso inoportuna inversión cuando la economía del país declinaba, apagó los hornos por primera vez en su historia. Fue entonces cuando Fortabat tomó personalmente las riendas de la conducción (que había estado en manos de su familia y de José María Dagnino Pastore) y vendió, además del arte, su avión privado, gesto que le valió el beneplácito de los bancos, le permitió remontar la crisis y salvar el imperio que había construido.
Al referirse al museo, a ese inmenso edificio (6800 metros) y a sus salas de una dimensión desmesurada, dijo: «Lo fui construyendo a medida que entró dinero» y agregó que todo el montaje y la selección de las 270 obras (entre las alrededor de 4000 que posee dispersas en sus casas de Buenos Aires, Nueva York y Grecia), fue una labor personal. Hasta se quejó de un error del exhaustivo catálogo que no alcanzó a controlar.
Cuando le preguntaron si, además de la colección permanente, iba a exhibir otras muestras, respondió: «¿Quieren que siga trabajando? Pido gancho. Ahora me voy a dedicar a un proyecto que tengo con lo que más me interesa: el prójimo».
Al hablar de «un lugar que va a ser popular» y de «las obras que tal vez pasen al dominio público», puso el acento en la falta de una ley de mecenazgo, dato que implica una crítica a la falta de estímulo del estado argentino al coleccionismo, ya que el arte paga IVA (como cualquier mercancía) e impuesto a las Ganancias. Acaso la ausencia de la «Maternidad» de Picasso, récord del artista en su momento, una obra estupenda entre otras que todavía están en su poder, se deba al desaliento, sentimiento que comparten los coleccionistas argentinos sin excepción.
La inauguración fue un momento festivo. Fortabat recordó que comenzó a gustarle el arte a los 11 años, cuando vio un cuadro prerrafaelita; evocó a su amistad con Berni «cuando me trepaba a las escaleras y él pintaba las galerías Pacífico», y con Andy Warhol, «de quien tengo además otros dos cuadros que me regaló, porque creo que estaba enamorado de mí», y su amistad con Ruth Benzacar, galerista que nadie pudo suplantar.
Sin embargo, la coleccionista no pudo ocultar cierta nostalgia, cuando señaló que no comparte con nadie su amor por el arte, y tampoco el cansancio que le produjo llevar adelante este proyecto gigantesco, que equivale a «dos elefantes blancos».
Una obra cumbre de Peter Brüeghel, «El censo en Belén», la bellísima escena de un paisaje nevado, es la obra favorita de la coleccionista y el primer cuadro que recibe al espectador. Está debajo de un cristal -como la «Piedad» de Miguel Angel o la Mona Lisa de Leonardo-, al igual que «Julieta y su niñera», la vedutta de Venecia de Turner que ostenta una luminosidad incomparable y un dramático rayo de sol que cruza la plaza San Marco.
La fascinación argentina por el arte europeo está presente en la pintura de Alma Tatema, Anglada Camarasa, Dalí, Gustav Klimt o Rodin. Entre los hits de la colección hay dos arlequines de Pettoruti, « Domingo en la chacra» de Berni, unas flores de Chagall, y una estupenda pintura del chileno Matta, de la misma época del que vendió Eduardo Costantini para pagar una suma millonaria por los impuestos de importación de las pinturas que compró en el extranjero.
Lo cierto es que hoy, el público argentino acostumbrado a los guiones curatoriales con criterios museísticos de las instituciones argentinas, mayormente estatales, conocerá el criterio de una coleccionista liberada de todo prejuicio y encasillamiento, que cumplió finalmente con su ambición.
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