7 de abril 2005 - 00:00

"Amor eterno"

La actriz de«Amelie»,Andrey Tautou,es ahora laheroína de«Amor eterno»,ambicioso filmdel mismodirector quepuede fascinaro abrumar consu mezcla degéneros y suelaboradísimaestética.
La actriz de «Amelie», Andrey Tautou, es ahora la heroína de «Amor eterno», ambicioso film del mismo director que puede fascinar o abrumar con su mezcla de géneros y su elaboradísima estética.
«Amor eterno» (Un long Dimanche de Fiançailles, Francia-EE.UU., 2004, habl. en francés y alemán). Dir.: J.P. Jeunet. Guión: J.P. Jeunet y G. Laurant sobre novela de S. Caprisot. Int.: A. Tautou, G. Ulliel, M. Cotillard, A. Dussollier, D. Lavant, D. Pinon, J. Foster y otros.

La protagonista de esta nueva, inconfundible, película de Jean Pierre Jeunet podría ser perfectamente una encarnación previa de Amelie, y no solamente porque la interpreta la misma actriz (Audrey Tautou). Como Amelie, Mathilde también es capaz de todo por amor, en este caso por un amor: terminada la primera guerra mundial, Manech, su novio soldado, es dado por muerto, pero ella lo cree vivo y se obstina en encontrarlo, guiada por la esperanza y la superstición.

Esta vez Jeunet y su habitual coguionista Guillaume Laurant se basaron en una novela de Sébastien Caprisot («Un largo noviazgo de domingo», como el título original de la película), tomándose todas las libertades convenientes al personalísimo estilo de un cineasta que tiene tantos amantes como detractores, pero es sin duda inimitable. Una de las libertades mayores son los raptos de humor (algo típico de Jeunet, de «Delicatessen» en adelante), que no siempre le vienen bien al cóctel de géneros que es «Amor eterno».

Anticipando la dualidad que caracterizará a todo el conjunto, el film comienza con unas imágenes entre poéticas e hiperrealistas del frente de batalla, mientras una voz en off informa que cinco combatientes franceses, entre ellos el frágil Manech, son condenados a una muerte segura por haberse automutilado para escapar de ese infierno. Las cosas les salen mal y son expulsados a «tierra de nadie» (el espacio entre las trincheras francesa y alemana), donde según va averiguando Mathilde, todos fueron muertos por balas enemigas y hasta «amigas» en algún caso.

La investigación de Mathilde da lugar a una especie de rompecabezas de apariencia caótica, pero que termina cerrando perfecta, obsesivamente, como todo lo que hace Jeunet. El problema es que para ordenar ese caos se reitera inevitablemente. Ilustrando con su estética de comic de lujo una asombrosa lista de subtramas detectivescas, cómicas, románticas, entre otras, el director construye su película europea más ambiciosa hasta el momento (recuérdese que Jeunet filmó en Hollywood la costosa «Alien: Resurreción»).

Su obsesión no termina en el minucioso armado de cada una de las escenas iluminadas por el rotundamente esteticista, y también efectista, director de fotografía Bruno Delbonnel, sino que se extiende a toda clase de objetos (un guante, unas botas, un reloj, una carta), y a un increíble abanico de personajes secundarios utilizados como elementos de la narración.

En medio hay imágenes de archivo, guiños cinéfilos que van de
Jean Renoir a Steven Spielberg, más una referencia directa a Stanley Kubrick, y un amplio elenco de habituales jeunetianos y otros (Jodie Foster, por ejemplo) totalmente entregados al estilo Jeunet, es decir al efecto plano del comic que funciona, quizás involuntariamente, como distanciador. Por supuesto, también hay moraleja en esta obra visualmente impactante. Un todo, en fin, que a muchos espectadores puede resultarle fascinante y, a otros tantos, abrumador.

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