Con esta velada se inauguró el abono anual de la Filarmónica porteña, con los palcos absolutamente vacíos y la platea sin completar; tampoco demasiados adeptos en las localidades altas. En el escenario se cambió la ubicación tradicional, de manera que los violoncellos están amuchados en el centro, y a la derecha del director dispusieron las violas, sección que rara vez se escucha, y ahora menos, porque prácticamente dan la espalda al público y el sonido va al centro de la escena. Lejos de una suposición muy difundida, el sonido no va desde la cuerda al oído, entra por el puente a la caja, allí se mezcla y sale por las «efes»; así que la única espalda digna de verse era la de la instrumentista de la cuarta fila, con un modelo totalmente cavado hasta la cintura.
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La suite para orquesta «Le tombeau de Couperin» de Maurice Ravel fue la partitura elegida para iniciar la temporada, en una versión que se puede calificar de correcta, con especial aplicación más de parte de las cuerdas y el arpa que del resto.
Para la interpretación del Concierto N° 3 de Bela Bartok se invitó al pianista italiano Massimiliano Damerini, artista de toque contundente y agilidad digital pero sin demasiado vuelo. Calderón pudo equilibrar con el solista la dinámica y la complejidad rítmica de la obra. Como demostración de su habilidad el solista ejecutó la «paráfrasis» de Lizst sobre el cuarteto de la ópera Rigoletto de Verdi, más enfocado en demostrar dominio del teclado que en evocar su origen lírico.
La Primera Sinfonía en Si Bemol Mayor Op. 38 de Robert Schumann es la conocida como «Primavera»; fueron más que evidentes los esfuerzos de Calderón para llevar adelante lo más equilibrada y dinámicamente posible una de las pocas obras optimistas del compositor alemán.
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