Juan «Tata»
Cedrón
compuso los
bellos tangos
de «Orejitas
perfumadas»
y también se
adueña de la
escena al
frente de su
Cuarteto, en
una puesta
que nunca
termina de
ligar la parte
musical con la
interpretativa.
«Orejitas perfumadas». Textos de: R. Arlt y M. Paoletti. Mús. y Dir. Mus.: J. Cedrón. Dir.: R. Saiz. Int.: W. Santa Ana, C. Da Passano, J. Purita, C. Durañona, A. Perlusky, A. Rusjan y el Cuarteto Cedrón. Mús. invitado: R. Helou (piano). Coreog.: M.A. Elías. Ilum.: J. Merzari. Esc. y Vest.: D. Santoro. (Teatro Pte. Alvear.)
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Roberto Arlt siempre soñó con hacerse rico con sus inventos (llegó a montar un pequeño laboratorio químico en Lanús), pero ninguno de esos emprendimientos prosperó. Fue su obra literaria la que le dio trascendencia (no así dinero) e hizo que sus andanzas de terminaran fundiéndose con las de sus personajes, muchos de ellos inspirados en la fauna de soñadores, fracasados, rufianes y estafadores que conoció en la calle. Arlt se vanagloriaba de esas amistades porque de alguna manera le permitían exorcizar sus propias angustias y humillaciones.
En este universo «lumpen» se basó Mario Paoletti para escribir los diez poemas que dieron origen a «Orejitas perfumadas», luego de que Juan «Tata» Cedrón los tranformara en tangos, valses y candombe. El resto del elenco se ocupa de dramatizar conocidos textos de Arlt en el marco de un supuesto evento barrial de los años '40; pero quien se adueña de la escena, con su voz de tanguero de otros tiempos, es el mismo Cedrón, muy bien acompañado por los integrantes de su Cuarteto.
La parte musical no termina de ligar con la interpretativa, por eso funcionan mejor los textos breves («Ester primavera», «Las fieras» y «La silla en la vereda») que los fragmentos extraídos de «Los siete locos» y «Los lanzallamas», difícilmente asimilables para quienes no conozcan estas dos novelas.
«Orejitas perfumadas» cuenta con muy buenas actuaciones (se destacan Walter Santa Ana, magnífico cuando recita «Tacuara» y Carlos Durañona que sale airoso de la difícil tarea de interpretar a Erdosain).
Aún así, la falta de rumbo de esta puesta en escena hace que los actores parezcan perdidos en el inmenso escenario del Teatro Alvear.
Por momentos, da la impresión de que a este musical le birlaron el cuerpo de baile.
Valen entonces, las deliciosas interpretaciones del Cuarteto Cedrón (atención a las letras de Paoletti) y la emoción que siguen despertando los turbulentos textos de Arlt.
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