«El cantor» de Emilio Pettoruti, primera obra de un argentino
que es tapa de catálogo en la historia de las subastas
neoyorquinas de arte latinoamericano. La contratapa de
Christie’s es una pintura de Jorge de la Vega.
Por primera vez en la historia de las subastas neoyorquinas de arte latinoamericano que se iniciaron en 1977, la portada del catálogo de la casa Christie's ostenta la obra de un argentino. Se trata de «El cantor», un arlequín de Emilio Pettoruti pintado en 1934, cuya estimación oscila entre 700.000 y 900.000 dólares. Además del atractivo estético de la pintura cubista (en la publicación la comparan con un arlequín de Juan Gris de 1919), la obra posee una extensa documentación (procedencia, exhibiciones, publicaciones) que avala su trayectoria y su autenticidad.
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En el mismo catálogo de la subasta vespertina del 19 de noviembre -donde se encuentran las obras con precios elevados-, se subraya la presencia argentina. La contratapa está ilustrada con una pintura de Jorge de la Vega, «Billiquen», realizada en 1968, durante la época Pop, y estimada entre 350.000 y 450.000 dólares. Precio que puede parecer alto si se lo coteja con los valores pagados por obras similares en Argentina, pero que resulta bajo teniendo en cuenta que De la Vega no fue un Pop otoñal, realizó estas obras en la década del 60, cuando el movimiento estaba en su apogeo en Londres y Nueva York.
Christie's presenta un total de 33 artistas argentinos. En la venta de la tarde figuran Roberto Aizenberg, Rogelio Polesello, León Ferrari, Antonio Seguí, Cesar Paternosto y Tomás Maldonado, y en el remate matutino del 20 de noviembre, se suman Nicolás Guagnini, Pablo Siquier, Martín Blasco, Gyula Kosice y Julio Le Parc, entre otros abstractos.
La abstracción es la tendencia dominante en Latinoamérica desde hace unos años, impuesta por la poderosa coleccionista venezolana Patricia Cisneros, con la intención de dejar atrás el prejuicio de que el arte del Sur del continente es exótico, simple y narrativo. A las preferencias estéticas de Cisneros se plegó desde el año pasado la Feria Pinta que inauguró en Chelsea el editor argentino Diego Costa Peuser. Con un perfil definido por la abstracción, Pinta abrirá nuevamente sus puertas en la fecha de los remates.
En la casa Sotheby's la presencia de nuestros artistas es menor, la tapa está dedicada al uruguayo Joaquín Torres García y el hit de la venta es un Rufino Tamayo, pero se confirma la preponderancia de los abstractos. También figura una pintura de Pettoruti, esta vez estimada entre 125.000 y 175.000 dólares, y las obras de Ennio Iommi, Marta Botto y entre otros, un pequeño Xul Solar cuya base oscila entre 30.000 y 40.000 dólares. En la subasta figura una dramática pintura de Guillermo Kuitca que perteneció a la artista Josefina Robirosa, estimada entre 50.000 y 60.000 dólares. El cuadro exhibe una escena truculenta, pero real: muestra a una niñera que pone la cabeza de un niño en el inodoro y tira la cadena del agua. Robirosa contó la historia y Kuitca la pintó.
Cotizaciones
Hasta fines de la década del 70, si el arte latinoamericano estuvo casi excluido de la «historiaoficial» del arte que se escribió en Europa y del mercado internacional, el argentino prácticamente no existía. El despertar, estimulado por los aportes de investigaciones y textos teóricos, coincidió con la integración y el resurgir económico de los países de nuestra región. La aparición tardía en el mercado marcó un comportamiento independiente. En la década del 80, mientras las obras de los Grandes Maestros, el Impresionismo, la pintura del siglo XIX y los artistas modernos y contemporáneos de Europa y Estados Unidos se vendían en precios récords, las cotizaciones de los latinoamericanos salían lentamente de su ostracismo secular.
Recién en 1990, «Diego y yo» de Frida Kahlo, superó el millón de dólares al venderse en 1,4 millón, y al siguiente año, «Vendedora de flores» de Diego Rivera escaló a 2,9 millones. Desde entonces, aunque el mercado internacional ha tenido sus vaivenes, el arte latinoamericano -que no ha llegado a su techo-continúa escalando posiciones.
Las muestras que le dedicaron en 1991 el Metropolitan de Nueva York al arte mexicano y luego el Museo de Arte Moderno (MoMA) al de toda Latinoamérica, contribuyeron a torcer un destino de exclusión. Y, como se sabe, los museos son espacios de consagración por excelencia.
En el año 1995 se amplió significativamente el horizonte del mercado. La crisis económica de México, país que lideró estas subastas desde su origen, obligó a las subastadoras a explorar el continente buscando obras de artistas de otras nacionalidades que equilibraran las ventas. Así, el sabor amargo del «tequilazo» se compensó con la dulzura de los artistas cubanos, uruguayos, brasileños y, en menor medida, también argentinos. Christie's sacó a la venta una colección de obras de Emiliano Di Cavalcanti que puso a Brasil en la mira de los coleccionistas. Los mexicanos cedieron ese año la corona de los récords al argentino Eduardo Costantini, que en 1995 se llevó un autorretrato de Kahlo por el precio más alto de la historia del arte latinoamericano: 3,2 millones de dólares.
En la actualidad, otras turbulencias financieras se ciernen sobre el sensible mercado del arte. Nadie sabe cuál será el comportamiento de los compradores en las próximas subastas, programadas antes del derrumbe financiero internacional y de las corridas locales. Christie's y Sotheby's suelen tener el cliente antes de levantar el martillo, sobre todo para obras importantes como el Pettoruti de la portada, pero lo cierto es que en la actualidad el arte argentino está librado al azar.
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