Los riesgos del arte en el espacio público

Espectáculos

Preocupación de los expertos acerca del vandalismo sobre obras patrimoniales.

La preocupación de la Academia Nacional de Bellas Artes por los robos, mutilaciones y otros daños sufridos en los últimos tiempos en numerosas esculturas de la Ciudad de Buenos Aires está en la base del número XVIII de su publicación anual “Temas”, dedicada a “El arte en el espacio público” bajo la curaduría de Marta Penhos y la colaboración de José Emilio Burucúa, quienes suceden a Jorge Taverna Irigoyen, fallecido en octubre de 2020 tras ejercer esta tarea en el período 2011-2019.

Guillermo Scarabino, presidente de la institución, explica que los contenidos reúnen alrededor de 20 ensayos a cargo de especialistas que abordan este tema desde la filosofía, la estética, la historia, la antropología, la sociología, la política y la religión, agrupados según algunos ejes temáticos. “El público del arte público” de Elena Oliveras, plantea si es posible el juicio anacrónico de un producto de la cultura del pasado a la luz de la sensibilidad del presente; que la anulación de un mito encarnado en un monumento no justifica su destrucción o vandalización, y que lo importante es la educación sobre las cualidades positivas y los aspectos negativos del personaje.

Jorge Hampton, en “La arquitectura en el espacio público”, analiza algunos edificios de San Pablo, como el Museo de Arte (MASP) que presta a la ciudad una gran plaza sin sol ni lluvia para actos públicos multitudinarios. Las Torres del Parque, en Bogotá, obra del arquitecto Rogelio Salmona, un proyecto de vivienda popular que cede un espacio abierto a la ciudad accesible a cualquier paseante. Se ocupa de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, difícilmente accesible por escalinatas y rampas, aislada, sin interacción social con la ciudad. En cuanto al Malba lo considera explícitamente convocante, con una amplia transparencia visual al interior. Hampton, que también se ocupa de las sedes del Gobierno de la Ciudad en Parque Patricios y del CONICET en Palermo, concluye que la arquitectura en el espacio público es la esencia de la convivencia urbana desde que se inventó la ciudad.

Fernando Diez escribe sobre “Buenos Aires y la declinación de lo sagrado”, ensayo que se remonta a la noción de la Grecia Antigua. Nos pasea por innumerables representaciones diseminadas por la ciudad: la Pirámide de Mayo, las Nereidas en la Costanera Sur, el Monumento de los Españoles, es decir, la Carta Magna y las cuatro regiones argentinas en las que la República es blanca y femenina, “blancura que quedó asociada a lo ideal, lo eterno, lo que trasciende la agonía de la vida diaria”. También menciona el éxito de Puerto Madero como ejemplo de urbanismo público y, por supuesto, el numeroso robo de placas y esculturas de bronce en esta época. Un dato importante acerca del vaciamiento progresivo del centro de Buenos Aires en el que la soledad de sus monumentos es la verdadera y última causa de su indefensión. Completan este grupo los ensayos de José de Nordenflycht (Chile), Carolina Vanegas Carrasco y Teresa Espantoso Rodríguez (Argentina).

El segundo grupo está constituido por los argentinos Carmen Magaz, Rodrigo Alonso, Andrea Giunta y Sergio Baur; Mary K. Coffey (EE.UU.) y Juan Pimentel Egea (España), donde se examinan los violentos movimientos sociopolíticos en diversos países, que ponen en tela de juicio los valores asociados a los objetos de arte en el espacio público. “El Colón estadounidense en el discurso y la escultura del siglo XIX”, ensayo de Coffey, la historiadora de arte estadounidense sostiene que Colón es un punto de articulación entre la supremacía blanca , el progreso estadounidense, y el reclamo civilizatorio del dominio global. La autora señala que durante el siglo XX hubo períodos de estatuamanía de Colón y que a partir del asesinato de George Floyd se quitaron 35 esculturas o fueron tumbadas por los manifestantes. También cita al historiador de arquitectura Dell Upton, quien dice que” los monumentos son declaraciones políticas, rara vez son obras de arte público”.

En agalmatofobia (odio a las estatuas), el español Juan Pimentel Igea plantea dos preguntas: ¿Quién de los héroes del pasado pasaría el filtro de nuestros códigos éticos y políticos actuales? ¿Quién puede expedir certificados de pureza de ideas y currículums inmaculados? Las estatuas deberían contemplarse como productos del tiempo y no como ídolos. Otros historiadores de arte y artistas, entre ellos, Alberto Bellucci, Marta Penhos, Jorge Gamarra, Mariela Yeregui, Bastón Díaz, Horst Hoheisel, Rodrigo Gutiérrez Viñuales y José Emilio Burucúa completan el trabajo con sus contribuciones.

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