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30 de julio 2004 - 00:00

Asesino serial con efecto soporífero

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Quien vaya a ver un film sobre un asesino serial puede dormirse desde el principio viendo al protagonista lavarse, afeitarse y peinarse concienzudamente, porque así sigue hasta el final.


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Quien entre al cine pensando ver una película sobre un asesino serial, lo más probable es que se quede dormido, al comienzo nomás, cuando ya en la primera escena se pasan los minutos contemplando cómo nuestro personaje se lava, se afeita, se peina, y cuando pareciera que va a empezar de una vez la historia, se lava los dientes. Después viene el desayuno con la madre, una buena mujer, de buen ánimo, que molesta poco (sobre todo porque parece que otro viejo le anda arrastrando el ala), más tarde el encuentro rutinario con la novia y los amigos, y entre medio el largo transcurrir de las horas en un negocito de ropa donde se vende poco y nada, pero donde la empleada molesta todo el tiempo con su mal humor y sus injustificados reclamos.

Esa es la parte que uno puede entenderlo un poco al tipo, y hasta vería con agrado que pase algo, porque, la verdad, esa mujercita resentida y medio agresiva provoca muy malos pensamientos. Pero no.

Esa se salva, y hasta capaz que cobra indemnización si el dueño vende el negocio, como tiene pensado. Las víctimas son otras, con quienes no hay historia. Tampoco hay habilidad, ni siquiera placer, en matarlas. Al contrario, las escenas de los asesinatos, desarrolladas en cansadores planos secuencia, sólo muestran la insistente torpeza del matador, que trata de hacer las cosas artesanalmente, sólo con las manos, pero, la verdad, alguien debería decirle que use otros métodos, o que definitivamente se dedique a otra cosa.





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