18 de mayo 2001 - 00:00

Asusta la realidad que pinta "Paladar"

Paladar.
"Paladar".
Norberto Suárez (en su regreso a la escena) dibuja con precisión y finura la figura de un hombre que vive arropado en su nostalgia. Saturnino es un sommelier que ha conocido épocas de esplendor y se ha codeado con los grandes de la escena. Recluido en el tétrico restorán de «El Gordo», comparte sus días con dos patéticos personajes ordinarios, vulgares y con una carga de agresividad y resentimiento que sólo él puede domesticar.

El contenido de su valija consiste en fotos viejas y recortes de diario que conserva como un tesoro y que dan testimonio de su pasada grandeza. Esos testimonios hablan, sin quererlo, de un mundo que ya no existe, en el que aún era posible deleitarse con manjares exquisitos y vinos de cosechas elegidas. Pero no es sólo la nostalgia por los licores y la comida lo que lo angustia, sino también la comprobación de la bestialidad del mundo en que vive.

Suárez posee como actor un don poco común: de él se desprende un aura de espiritualidad que se transmite al ritmo de su accionar. Su actuación nunca decae: aunque esté sin hablar, el hilo interior de sus emociones y pensamiento parece fluir tersa y continuamente de un manantial interior. Gabriela Villalonga («La Negrita») es un prodigio de frescura, espontaneidad y simpatía, condiciones que aparecen como el resultado de un entrenamiento técnico tan riguroso como para lograr que todo lo que hace y dice sobre la escena parezca verdadero.

Su personaje está vivo, se multiplica, imita actitudes y voces; es apasionado, grotesco, brutal y, sin embargo, la actriz logra comunicar también cierta desdicha que proviene de su resentimiento y su desilusión frente a una vida que no le ha dado lo que ella cree merecer. Gabriel Virtuoso compone a un mozo torpe y sometido, grosero hasta el delirio, que es también una víctima. No hay un solo gesto de un actor que no sea correspondido por el otro. Es como si los tres formaran parte de una misma materia fragmentada.

De lo que surge una energía casi hipnótica. La escenografía de Elías Leguizamón es tétrica como el texto lo requiere y muy creativa. Sugiere un crematorio que finalmente devora a una de las víctimas y logra, en la escena del desenlace, un efecto conmovedor y punzante, cuando el único que se salva se va caminando por calles que no pertenecen a ningún lugar, pero son las mismas en todas partes. El espectáculo está logrado en todos los aspectos. Pero es inevitable destacar que es corrosivo. El mundo que presenta es un mundo corrompido, amenazador y horrible.

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