Nude With Joyous Painting» de Roy Lichtenstein, una de
las obras que se exponen en el Malba.
La muestra «Animated Life/ Vida animada» de Roy Lichtenstein, una de las estrellas del Pop estadounidense que exhibe en estos días el Malba, está ligada a la historia de esta institución y también a la del país. Al igual que uno de los personajes de la novela «La copa dorada» de Henry James, Adam Verver (interpretado por Nick Nolte en el film del mismo título de James Ivory), Eduardo Costantini supo ser un millonario «relativamente ciego» o sin un motivo inspirador en su vida, hasta que descubrió el arte y comenzó a atesorarlo con la intención de abrir un «museo de museos» que deparara goces estéticos a los habitantes de su ciudad.
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Durante la próspera década del 90, Costantini proyectó un museo ideal para Buenos Aires que se inauguró en setiembre de 2001, y en su programación figuraba la llegada de una gran muestra de Lichtenstein que ocuparía casi todas sus salas, además del parque con las esculturas.
Hasta aquí la semejanza con Verver. La crisis desatada en diciembre y la salida de la convertibilidad determinaron el fin del ambicioso proyecto. Sin embargo, el Pop art, representativo de una época signada por el «boom de los medios de comunicación», como escribe Costantini en el catálogo de la exhibición, cuando «las revistas, las historietas, la TV y la publicidad impregnaron la vida diaria e impactaron de modo crucial el desarrollo de las artes visuales», debe resultarle al coleccionista argentino tan fascinante como al norteamericano Verver el arte decimonónico de Londres y París.
Lo cierto es que por fin ha llegado al Malba una muestra Lichtenstein, una muestra de dimensiones reducidas, de collages, dibujos, bocetos y obra gráfica, pero que a pesar de la ausencia de las inmensas pinturas que le dieron fama al artista neoyorquino, permite conocer y comprender su obra en profundidad y aborda todos los temas clave, como «El espejo» o sus variadas apropiaciones.
Es decir, falta el efecto de choque de las pinturas de formato gigantesco que parodian el comic y el punteado de la impresión gráfica, que confrontan al espectador con una situación familiar fuera de su contexto habitual, que adoran los norteamericanos. Pero abundan obras «menores» que descubren rasgos de una insospechada sensibilidad de un dibujante virtuoso y desprejuiciado, enamorado de la cultura de su tiempo.
Si bien esta exposición alejaa Lichtenstein del estilo helado, mecánico y distanciado de Warhol, lo acerca a la vez a los otros artistas del Pop estadounidense dedicados a glorificar la trivialidad, dato que la curadora Lisa Philips señala cuando dice: « Lichtenstein, deliberadamente, se lanzó a explorar lo ' estúpido' y lo 'no artístico'».
El crítico de la revista «Time», Robert Hugues, va aun más lejos cuando cuestiona: «¿La imitación de los procesos del arte comercial, el tomar una imagen común y reproducirla en una tela mucho más grande, con una línea dura y un punteado de colores primarios conformando las sombras, es arte?». En el mismo artículo de 1981, Hugues observa que al «erudito» artista le gusta citar a Matisse, pero aclara que las imágenes del francés «una vez pasadas por el molino de Lichtenstein (...), se vuelven neutrales, e incluso desagradables».
El caso es que en Buenos Aires, ciudad ajena a la batalla entablada por los defensores del lirismo y el éxtasis del expresionismo abstracto de la Escuela de Nueva York, movimiento que antecede al Pop y cuyos mejores exponentes son Rauschenberg, Pollock y Rothko, las obras de Lichtenstein se ven de un modo muy diferente.
Es cierto que el artista parodia la trivialidad del comic, pero también lo es que del torrentede los medios de comunicación selecciona imágenes cargadas de sentimientos (como la melancólica jovencita rubia que derrama una lágrima o la que se regodea en sus sueños mientras escucha una canción), y que estas obras tocan la sensibilidad del espectador que irremediablemente se identifica con lo que ve.
Al igual que Duchamp, el norteamericano utiliza el comic o las obras de los grandes maestros del arte moderno como un ready made, como algo prefabricado, pero lo suyo no posee la densidad crítica, ni la ironía o el sarcasmo del dadaísmo, sino que es pura y franca diversión.
«En cierto modo, un cuadro de Picasso ha pasado a convertirse en un lugar común», dice en una entrevista, y agrega que al convertirlo en obra propia mediante el empleo del contorno lineal y la trama de puntos «lo único que yo quiero hacer es una especie de Picasso para todo el mundo, algo que parezca un malentendido que, sin embargo, tenga su propio valor, y buena parte de esto es sencillamente diversión».
En suma, el humor, que había estado ausente en el arte durante mucho tiempo, es el rasgo distintivo de Lichtenstein y, acaso su mayor valor resida en esta aptitud, que resulta conciliadora con la trivialidad del mundo. Es que ajenas a toda retórica, sus obras acaban brindándoles jerarquía humana a las contingencias «estúpidas» o «no artísticas» que se cruzan por la vida.
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