4 de febrero 1999 - 00:00

"BABE 2- UN CHANCHITO EN LA CIUDAD "

L o bueno de la secuela de «Babe» es que George Miller (productor del film original, que dirigió Chris Noonan), en lugar de moverse en terreno seguro, prefiere buscar un material realmente sorprendente. Lo malo es que parte de esas sorpresas tienen que ver con imágenes deprimentes y tenebrosas que por momentos pueden llegar a abrumar al espectador desprevenido, incluyendo por supuesto a los chicos, que esperan aventuras porcinas de un tono más amable.
En su segunda película el puerquito comete un error que pone en jaque la granja de su amo (James Cromwell) y trata de redimirse ganando un concurso en la gran ciudad. Lástima que, acusado de narcotráfico, pierde el vuelo y
queda varado en una urbe extraña y hostil. Robado por un payaso triste y decadente (un bienvenido Mickey Rooney en un rol muy breve), termina liderando una especie de rebelión pacifista entre las mascotas marginadas del lugar.
A lo largo de las lúgubres escenas de la película el eficaz humor negro se combina con situaciones tétricas, decorados dark y cierto aire triste y patético tan excesivo y sobrecargado como la dirección de arte y el estilo de la fotografía. Por momentos parece un «Babe» filmado por Ken Russell o por Jeneut y Caro, los realizadores de «Delicatessen». Esto hace que la película tenga momentos que puedan interesar al público que justamente nunca iría a ver «Babe» y que, en cambio, pueda llegar a desalentar a los que esperan la simpatía propia del cine infantil. La película tiene muchas escenas logradas, con efectos especiales de primer nivel para dar vida a los intérpretes animales. Pero, aunque tiene cualidades que merecen verse tanto en su vertiente más naïf como en sus partes más densas, el resultado al final es un producto más extraño y llamativo que verdaderamente contundente. Cuando produce films infantiles, Tim Burton lo hace con un concepto ciento por ciento coherente, aun moviéndose dentro de su habitual estética dark. En cambio, en este caso Miller no supo cómo conciliar del todo el espíritu ultraviolento de su «Mad Max» con el de films más sensibles como «Un milagro para Lorenzo».

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