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7 de junio 2009 - 19:34

«Bellamy»

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Gérard Depardieu es un policía obeso y bonachón (como el Maigret de Simenon) y Marie Bunel, su esposa, en un film del veterano Claude Chabrol donde no todo es lo que parece.
«Bellamy» (Francia, 2008, habl. en francés). Dir.: C. Chabrol. Guión: C. Chabrol, O. Barski; Int.: G. Depardieu, M. Bunel, A. Pauly, J. Gamblin, C. Cornillac, M. Matheron.

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Chabrol y una nueva intriga al viejo modo

El obeso y bonachón comisario Bellamy disfruta unos días de vacaciones con su agradable esposa, cuando lo invaden su hermano menor, alcohólico y rencoroso, y un estafador enamorado, al que busca la policía. A uno debe soportarlo, al otro ha de comprenderlo, por eso también visita a las dos mujeres del fulano, y logra sugerirle un eficaz recurso al inexperto abogado que tomará el caso. Pero a esa altura, las sonrisas iniciales se fueron apagando, y el drama está cada vez más presente. ¿Por qué podemos ayudar mejor a los extraños que a los propios? ¿Pero cómo se puede ayudar a cuatro seres autodestructivos? (sí, son cuatro, y el comisario debe hacerse cargo de tres, aunque uno de ellos, en fin, no vamos a anticipar todo).

Por suerte la mujer de Bellamy vale oro. En cierta forma, esta película es un elogio de las legales, y de las amigas sin rollo psicológico. Ya para torturarse están los infelices que el protagonista debe atender, una vez que deja el sofá, las palabras cruzadas, la cocina, ¡ah, no, la cocina no! Una delicia, las actuaciones de Gérard Depardieu y Marie Bunel, y un modelo de cine el plano del comienzo, que va desde la tumba luminosa y el afable silbidito de Georges Brassens, hasta, ya con música inquietante, el lugar del crimen, con muerto y todo, seguido por un par de planos de la ciudad de Nimes, donde transcurre la historia, en los que vemos fugazmente una estatua del mismo color del muerto, lo que se dice, un toquecito amable y turístico de humor negro.

Ese modelo de cine usa sin ningún problema viejos recursos técnicos, hace partícipe al público en cada paso, y juega alegremente con los nombres (hay quien se llama Noel Gentil, o Claire Bonheur, etc.), la música (uno es «casualmente» presentado con los acordes de la Sinfonía Patética), y la propia literatura policial. Por ahí, incluso, tras decir como propia una línea que es reconociblemente de Agatha Christie, el comisario dirá «estoy pegado al pasado». ¿Una indirecta declaración de estilo por parte del autor, el veterano Claude Chabrol? ¿Por qué no? Él goza ofreciéndonos una obra llevadera, de intriga convencional, con personajes cordiales, al viejo modo, y cuando creemos que todo es fácil nos termina mostrando que siempre hubo otra historia, además de la que alcanzamos a ver. Y que las cosas fáciles también tienen su abismo insondable, a cuyo fondo no se sabe enseguida cómo llegar.

Chabrol dedica este film a Georges Simenon y Georges Brassens. De hecho, Bellamy es como el inspector Maigret, de Simenon, un gordo macizo, amante de los placeres sencillos, piadoso, queriendo comprender a los criminales, y la mayor diferencia es que tiene una mujer delgadita (por el momento). Las canciones de Brassens son claves para dar el tono inicial, conectar ciertos personajes, perder a uno y salvar a otro. Y ambos autores quisieron entender por qué tan poca gente sabía disfrutar de la vida como ellos. Otro tanto le pasa a Chabrol, al menos cuando escribe sus guiones.

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