La «Diana sorprendida » de Jules Lefevbre, pintura premiada en la Exposición de París de 1879, entre otras joyas históricas que sólo ahora el público podrá apreciar.
El Museo de Bellas Artes acaba de abrir una muestra permanente dedicada a exhibir las obras donadas por la familia Guerrico. La exposición suscita un doble interés: permite descubrir las definidas preferencias estéticas de nuestros primeros coleccionistas, y además, el afán por formar el gusto de la Gran Aldea, propósito que en esta ocasión adquiere un carácter casi patriótico. Resulta difícil entender que, sólo ahora, cuando ha pasado más de una centuria de estos primeros legados, el Museo les dedique un espacio a los Guerrico, donantes que junto con Adriano Rossi determinaron su fundación.
El contenido al que quiere acceder es exclusivo para suscriptores.
La exposición relata la historia de una familia seducida por el arte, que a través de los años legó al Museo más de 600 pinturas, esculturas, objetos decorativos y muebles, que hasta hoy estuvieron mayormente guardados en los depósitos. La historia comienza en las primeras décadas del siglo XIX, cuando Manuel José de Guerrico, un hacendado de Carmen de Areco, comenzó a formar su colección. Exiliado en París desde 1939, se convirtió en el hombre de confianza del general San Martín y administrador de sus bienes.
Según cuenta la leyenda familiar, juntos fueron a socorrer al español Villamil, que vivía en la miseria en la buhardilla de la casa de Guerrico, y le compraron 15 de sus pinturas y dos Tiépolo, que son las joyas de la colección, ya que San Martín dispuso que su parte integre la donación. Las extensas cartas de Juan Bautista Alberdi (cuyo retrato pintado por Pellegrini fue donado al Museo) y de Sarmiento, dan cuenta de que el coleccionista fue un personaje generoso y un excelente anfitrión.
Cuando Guerrico regresó al país, Rosas se burló de las « cosas de gringo» que traía consigo: 100 obras de arte que instala en la casa de la calle Corrientes 537. Allí, durante 25 años Guerrico realizó tertulias para alentar el progreso, las ciencias y las artes, que luego continuó su hijo, José Prudencio, también coleccionista, al igual que Ernestina y Mercedes Guerrico que terminaron por donar las obras que hoy alberga el Museo.
El montaje de la colección y los retratos de sus protagonistas, replica el abarrotado y sofocante estilo de los salones porteños. Las dos salas de la planta baja del Bellas Artes pintadas de rojo, están íntegramente tapizadas de cuadros. Entre ellos, además de los Tiépolo, se destaca por su gran formato y la belleza de los desnudos, la «Diana sorprendida» de Jules Lefevbre, pintura premiada en la Exposición de París de 1879, que se exhibe frente al bronce «El genio de la guerra» de Rodin, y el imponente mármol «Bagante sedutta» de Antonio Tantardini. Sobre unos muebles que pertenecieron a los Guerrico, se ven algunos de los adornos que literalmente inundaban la casa.
La muestra no incluye las fotos de época que existen de esos salones cargados de arte, pero su gracia consiste en que permite imaginarlos. En «Tini y otros relatos», Eduardo Wilde describe burlón la sobreabundancia objetos decorativos en las casas de la sociedad criolla y, aunque no exactamente con estas palabras, cuenta sus peripecias al tropezar con las ánforas y jarrones, y al enredarse con las chinoseries para terminar casi ahogado por los tapices y las alfombras.
Europeísmo
Eran los tiempos en que la Argentina miraba hacia Europa y, aunque en la colección figuran las nobles firmas de Corot, Courbet y el italiano Carracci, reinaban los artistas de corte académico, cuadros anónimos de los siglos XVII y XVIII y pintores del siglo XIX, que en las primeras décadas del siglo XX, cuando los Guerrico compraron gran parte de sus obras, superaban los valores de las obras de Renoir, Cézanne o Degas.
El ejemplo de los Guerrico fue rápidamente imitado, aunque no siempre con buenos resultados. «Buenos Aires, en cuanto a la venta de cuadros, supera a Nueva York y pasa por ser el mejor mercado del mundo. Se compran firmas renombradas sin comprenderlas, por ostentación, mamarrachos inenarrables», escribía en 1913 Juan de Adentro, seudónimo que usaba la audaz Delfina de Vedia y Mitre.
Manuel Mujica Láinez, con palabras semejantes a las de Eduardo Wilde, años más tarde, observó: «Lo que se usaba, lo que los burgueses compraban para mejorar -o empeorar sus casas- y sus departamentos, invadidos por un oleaje de curvas atroces, por el caracoleante art nouveau, no tenía nada que ver con lo suyo. Eran unos óleos lamidos, dulzones, convencionales, que alternaban, en las residencias más osadas, con ciertas tentativas de impresionismo trasnochado, estridentes u opacas, sin gusto».
La muestra de los Guerrico culmina en 1938, cuando sus herederos ceden sus tesoros al Museo. Sin embargo, vale la pena aclarar que el gusto conservador de la familia, cambiaría en esos años cuando Manuel Güiraldes, hijo de Mercedes Guerrico, se enamoró de los cuadros de Figari y vendió parte de su colección europeapara comprar obras del artista. Lo que perduraría es su espíritu filantrópico. Güiraldes donó catorce cuadros de Figari al Museo Ricardo Güiraldes, otros dos al Bellas Artes de La Plata, y dos más al de Luján.
«¿Hubo una vez un gusto argentino?», se pregunta Lucrecia de Oliveira Cézar, al culminar el libro «Coleccionistas argentinos. Los Guerrico». Escrito en el desolador contexto hiperinflacionario de la década del 80, cuando las obras de arte compradas durante la bonanza de fines del siglo XIX y principios XX regresaban a sus países de origen y los donantes brillaban por su ausencia, el libro brinda algunas respuestas.
Luego de frecuentar los museos del mundo e, inclusive, de tratar a Picasso, la mundana Oliveira Cézar mira la historia en retrospectiva. Así rescata una especial predilección en las casas de los Guerrico, de Adela Napp de Lumb, Victoria Aguirre y González Garaño por los muebles macizos, ya sean copias del Renacimiento o piezas luso brasileñas, por la platería americana y por las tallas policromadas.
«Pareciera que la influencia de la época colonial primó a pesar de los viajes a Europa,» concluye. Finalmente, la autora invita a rendir un reconocimiento o, al menos, a recordar a quienes pensaron en las generaciones venideras y legaron las obras que hoy forman parte de nuestro patrimonio nacional. El primer paso había sido dado por los Guerrico, luego, Aristóbulo del Valle, Antonio y Mercedes Santamarina, los Hirsch, los González Garaño, los Di Tella y María Luisa Bemberg, entre otros, cedieron obras importantes al MNBA.
Desde su llegada a la dirección del Bellas Artes, Guillermo Alonso, presentó «Las armas de la pintura. La Nación en construcción», del historiador del arte Roberto Amigo, acaso la muestra más importante en el género de revisión histórica que se haya realizado en el país, y en esta misma tendencia, con la curaduría de María Baldasarre, rescata una colección crucial para la historia del coleccionismo argentino.
Dejá tu comentario