8 de marzo 2001 - 00:00

Björk actúa bien: lástima que lo haga en este film

Deneuve y Björk.
Deneuve y Björk.
Desde los textos de Kafka hasta las pinturas de Van Gogh, la historia de las grandes obras de arte incomprendidas en su momento podría ocupar una biblioteca entera. Cuando «Bailarina en la oscuridad» se proyectó en el Festival de Cannes, la mayor parte del público la recibió con estruendosos abucheos; sin embargo, dos días después, el gran jurado le otorgó la Palma de Oro.

En la memoria de Cannes existen ciertos antecedentes vergonzantes, como el de haber despreciado las películas del primer Fellini. No es improbable, entonces, que el premio concedido a este film-mamarracho tuviera su origen en un temor inconsciente ante la mirada de la historia. El lema podría ser: «Ante la duda, premia».

Tal vez parezca excesivamente duro el calificativo empleado para con el nuevo film del danés Lars von Trier; sin embargo, el Diccionario de la Real Academia lo define a partir de tres conceptos que el propio director haría suyos: «mamarracho» es aquel objeto «imperfecto, ridículo y extravagante».

«Bailarina en la oscuridad» no sólo es imperfecta, sino que le huye a todo lo que pueda aproximarla a la perfección (por ejemplo, apoyar alguna vez la cámara en el suelo para filmar); es ridícula por confesa elección de su autor, quien se habrá propuesto divertirse y encandilar a sus devotos con la mezcla de un melodrama malo y una comedia musical (pero de los musicales que le gustaban a Stalin); y es extravagante porque es muy difícil encontrar algo parecido en la cartelera (por suerte).

Lágrimas

La anécdota del film pertenece a la especie que hacía llorar a las bisabuelas: una pobre inmigrante checa en los Estados Unidos (Björk), obrera en una fábrica de prensado de metal y a punto de quedarse ciega, se sacrifica para pagarle una operación a su hijo, que heredó la misma enfermedad. Pero un día desaparece la latita donde penosamente ahorra dólar tras dólar: se la roba el policía que le alquila el trailer donde vive, para alimentar los caprichos de su mujer dispendiosa.

Todos los infortunios del mundo caen sobre ella, y de nada valdrá la buena voluntad de los que bien la quieren: el buenazo del pueblo que quiere ser su novio (interpretado por el asesino psicótico de «Fargo», Peter Stormare) y la también proletaria Catherine Deneuve, en un papel escrito originalmente para una negra de 35 años.

La atribulada Björk, mientras tanto, quiere ser actriz de comedia musical, aunque no logre ni ver dónde apoya el pie en el tablado del grupo vocacional donde ensayan «Mi bella dama». Pero sí puede imaginar ese otro mundo, y así, cada una de sus ensoñaciones se convierte en los números musicales del film, que interrumpen la acción en los momentos más dramáticos: un baile en la fábrica, antes de que la despidan; otro en el juzgado (con la participación de un testigo hostil, Joel Grey, el presentador de «Cabaret»), e incluso en la cárcel en una de las escenas culminantes.

Pese a todo esto, el desempeño de la cantante islandesa, en su primer papel para el cine, es muy interesante, y quizá sea eso lo que más aflige: realmente, dan ganas de verla en una buena película. Da lástima que toda su entrega haya sido al servicio de este ejercicio «paródico» de géneros clásicos, para definirlo con benevolencia.

La historia ha demostrado que, en casi todos los casos, la parodia de algo malo termina contagiándose de la calidad del objeto que intenta parodiar. Añádase a eso el fastidio permanente, con excepción de los números musicales, de las imágenes con cámara en mano, cuyo empleo se vuelve inexplicable porque ésta no es una película del venerado «Dogma». ¿Será la cámara en mano, y en una mano siempre temblorosa, una forma de la autosatisfacción? No es imposible: el propio director acaba de reconocer en un reportaje que ése es uno de sus pasatiempos favoritos.

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