«El cerco de Leningrado» de J. Sanchís Sinisterra. Versión y dir.: O. Bonet. Int.: M.R. Gallo y A. Boero. Esc. y vest.: M.J. Bertotto. Ilum.: H. Calmet. Mús. orig.: J.L. Castiñeira de Dios. (Teatro Andamio '90.)
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El estreno de esta nueva versión de «El cerco de Leningrado» de José Sanchís Sinisterra, dirigida por Osvaldo Bonet y protagonizada por María Rosa Gallo y Alejandra Boero, se perfila como el acontecimiento teatral de la temporada.
Pero las razones de tanto entusiasmo no deben buscarse en los valores artísticos de la pieza (que ya fue estrenada en Buenos Aires por Omar Grasso con Nuria Espert y María Jesús Valdés en los papeles protagónicos) sino más bien en los méritos y particularidades de este prestigioso equipo que hoy la pone en escena como si fuera el testimonio de sus propias vidas. Este imprevisto paralelo entre realidad y ficción, disparado por una obra que además abunda en situaciones de «teatro dentro del teatro», es quizá la clave para entender la fervorosa adhesión que ha provocado esta puesta.
«El cerco...» tiene por protagonistas a Priscila y Natalia, dos viejas actrices luchadoras e idealistas que viven en un teatro abandonado, antigua sede de su compañía, cuyo director Néstor (marido de la primera y durante años amante de la segunda) murió hace veintitrés años presumiblemente asesinado por sus ideas de izquierda.
Mientras buscan el texto que Néstor estaba ensayando el día que murió (titulado justamente «El cerco de Leningrado») las dos amigas pasan revista tanto a su historia personal, llena de complicidades, como a la del siglo que pasó. Cuando por fin encuentran el texto ven que se trata de una metáfora sobre la caída del comunismo, lo que deja abierta la sospecha de que Néstor pudo haber sido asesinado tanto por los de izquierda como por los de derecha.
Las mujeres no se amilanan por la confusión y hasta se ríen de la supuesta muerte de las ideologías. Para ellas es más importante reafirmar su convicción de que sólo a través del teatro contribuirán a mejorar el mundo. Y es entonces cuando deciden montar la obra inconclusa.
Los mismos ideales
Los ideales de Natalia y Priscila son los mismos que Alejandra Boero ha postulado durante toda su vida en su apasionada defensa del teatro independiente, cuyas salas se ven cada tanto amenazadas por la picota y por la indiferencia de los funcionarios de Cultura. Esto hace que su figura quede ligada indisolublemente a la de su personaje. Y lo mismo podría decirse de su amiga de toda la vida, María Rosa Gallo, que además de contar con una trayectoria tan acreditada como la suya nunca ha dejado de acompañarla en su esforzada lucha. Ambas disfrutan al máximo esta oportunidad de actuar juntas y el público también lo hace con ellas.
Boero compone a una Natalia que seduce todo el tiempo con sus aires de payaso y de niña despistada. María Rosa Gallo, en cambio, tiene a su cargo los costados más tensos y melodramáticos de la pieza, quizá por eso todavía le cueste relajarse y pasar sin fisuras de la comicidad a la nota trágica.
De todas formas, la dirección de Bonet apuesta ante todo al humor y a la irreverencia, pero siempre en un tono inofensivo. Al fin y al cabo, la pieza se burla de las rígidas y solemnes premisas comunistas como si se tratase de un pecado de juventud. Es obvio que el autor no quiso ahondar demasiado en el tema político (sus críticas, en definitiva, son bastante superficiales) y prefirió poner el acento en la actividad teatral y en su indiscutida capacidad para ennoblecer al ser humano.
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