Cecilia Milone, inmejorable elección para brillante show

Espectáculos

«Morocha y pasional». Dir. Gral.: G. Sofovich. Arreglos y dir. mus.: J.A. Pugliano. Esc.: D. Feijóo. Luces: M. Garzo. Vest.: J. L. Ferrando. Coreog.: G. Moro. (Teatro Metropolitan 2.)

Gerardo Sofovich, productor y director general de «Morocha y pasional», conoce las reglas del show business como pocos. Para este espectáculo buscó una cantante-actriz de presencia imponente y buenos recursos, que pudiera ser centro de atención por algo más de dos horas, y la rodeó de un elenco disciplinado, calidad musical y esplendor visual. De esta manera consiguió gestar un music hall de tango que sin ser la revista tradicional dedicada al folklore urbano, de alguna manera refleja en sus sucesivos cuadros, la evolución del género, brillo, extravagancia, erotismo y humor en una combinación equilibrada y sumamente eficaz.

Desde su irrupción en el escenario, en medio de un panorama de cielo estrellado, Cecilia Milone captura la atención del espectador. Con su estilizada figura, su carisma y su estilo de canto popular, tiene un protagonismo indiscutible. Vestida con un sensual traje rojo, camina con pasos felinos por una temible escalera revisteril, que la pone en contacto con un auditorio que seguirá arrobado sus desplazamientos, sus comentarios irónicos sobre ciertas costumbres tangueras, y hasta en un set multimedia, sus reflexiones sobre el cine argentino de los años '30. Allí expresa su amor por Libertad Lamarque, mirando un compilado del film «Besos Brujos», pero también cierta ironía mordaz por las formas expresivas de la legendaria diva. Imitándola en sus coloraturas más vulnerables, Milone homenajea a Lamarque, a quien no conoció personalmente pero que, según sus palabras, fue «faro» de su incipiente carrera, cuando cantaba a sus compañeras de secundaria tangos y boleros en una época de auge del pop y del rock.

Una veintena de cuadros estructuran «Morocha y pasional». Si bien Milone centraliza el show, también lo comparte. El dúo «Los tenores», integrado por Daniel Fernández y Pablo Skert, quienes con su técnica operística (de hecho ambos vienen de la lírica) y sus importantes voces juegan una serie de buenos cuadros humorísticos (como en la «Balada para un loco» cantado de a dos con excelente ensamble), o participan junto a Milone de un tributo a Gardel, con varios de sus tangos más célebres. El «Aria de la flor» de la «Carmen» de Bizet, cantado estupendamente por Skert, también da pie a una reflexión sobre la procedencia del tango de la antigua habanera, y a que Milone se dé el gusto de cantar el celebérrimo pasaje de la ópera bizetiana.

Dirigida por Daniel Berardi, la orquesta en vivo suena muy bien. Es un septeto hábil para todos los arreglos de Pugliano y Cuacci, en el tributo a Gardel. Las coreografías de Gustavo Moro para cinco parejas son siempre agradables y bailarines, de muy buena performance, las transforman en acrobáticos y virtuosos momentos del show.

La riqueza visual de la totalidad se debe a las bellas y funcionales escenografías de Daniel Feijóo, a las luces espectaculares de Manuel Garzo y a los estupendos vestuarios de José Luis Ferrando. Todos embarcados en una estética de «tango fantasía», que acompaña versiones personales de Milone de melodías que todo el mundo conoce, aun los extranjeros que también abundan en la sala del Metropolitan.

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