13 de mayo 2004 - 00:00

Con "Don Carlo" volvió (por fin) la gran ópera al Colón

«Don Carlo», ópera de G. Verdi. Con D. Volonté, M. P. Piscitelli, A. Abdrazakov, M. Svetlov, M. L. Mirabelli, L. Gaeta. Régie, esc. e ilum.: R. Oswald. Vest.: A. Lápiz. Dir. Coro: A. Balzanelli. Orq. Estable. Dir.: M. Nachev. (11/5, Teatro Colón).

Fue como un volver a vivir, una gran velada operística, con todos los ingredientes del género, para quedar pleno de canto y música y de un inmenso placer visual. Con esta puesta de «Don Carlo» se recupera la tradición del Colón, puesto que todo el poderío humano, artístico y técnico se puso en movimiento para lograr esta trascendente versión.

Enormes «mandalas» se lucen en el centro de cada escena y en cada cambio, como una proyección de procesos espirituales reducidos a un esquema simétrico esencial, testigos del decaimiento de las fuerzas anímicas en colores y formas, debilitando las fuerzas negativas destructoras en cada implicado en esta trama histórica.

Espacios abiertos que albergan intrigas y luchas de poder; un Cristo corpóreo que evoca a Andrea Mantegna, evocación de Tiziano y un vestuario rigurosamente de época, con hermosos colores pastel y sobrios bordados sn algunos de los muchos aportes escenográficos y lumínicos de Roberto Oswald, también responsable de la convincente labor actoral de logrado profesionalismo. El vestuario de Aníbal Lápiz es de incuestionable elegancia.

Felipe II
es el eje de esta trama; de joven era alumno de música de Luis de Narváez y otras delicadezas. Aquí aparece despótico por imperio de las ciscunstancias hasta su monólogo, en el que reconoce el reflejo de la realidad en el espejo de la ilusión.

El violoncello de André Mouroux va creando la atmósfera, y el bajo Askar Abdrazakov, en su doliente aria, admite no ser amado y desea su propia muerte para descansar en El Escorial. La reflexión es interrumpida por el Gran Inquisidor, otro que presiona duramente al monarca, y que nos deja gozar de la caudalosa voz del bajo ruso Mijail Svetlov, estupendo cantante y actor.

El tenor Darío Volonté demostró que sus triunfos europeos no se los regalan; está muy bien de voz aunque le sobran algunos kilos. A Luis Gaeta el personaje de Rodrigo le sienta muy bien a su temperamento y tesitura; ganó ovaciones con recursos legítimos. María Luján Mirabelli ocupó el lugar de Alejandra Malvino, que el viernes dejó la garganta en el escenario después de cantar la Judith en «El castillo de Barba Azul» de Bela Bartok.

La Mirabelli hace muy bien el papel de Princesa de Eboli, y se adueña del todo cuando canta «O Don fatale». La «voz celestial» de Mónica Philibert derrama sus matices desde la cúpula del Colón. Sin fallas el numeroso elenco, acertadas las participaciones corales, y en especial los grupos conformados para representar a los Diputados de Flandes y a los Frailes de La Inquisiciòn, sobre todo en el espectacular cuadro del «anto de fè» y en el cuadro segundo del tercer acto.

Sin entrar en broncíneos detalles, la Orquesta sonó decorosamente y el director
Milen Nachev es competente. No olvidamos a Isabel de Valois, papel que crece a medida que trascurre la acción y se lubrica la garganta de María Pía Piscitelli, soprano italiana que está conquistando al público, al que dejó reflexionando cuando frente a la tumba de Carlos V canta apasionadamente «Tú que conociste las vanidades del mundo, y gozas de un reposo profundo, si en el cielo se llora... llora por mi dolor».

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